miércoles, 1 de febrero de 2012

PILAR DONOSO

Pilar y José Donoso, en una foto de 1980.
El mundo literario hispanoamericano fue remecido por la muerte de María del Pilar Donoso Serrano, de 44 años de edad, hija adoptiva del fallecido escritor chileno José Donoso. El cuerpo de la mujer fue encontrado sin vida tendido en la cama de su apartamento santiaguino.
Se desconocen las causas concretas de su muerte, aunque la hipótesis principal de la policía es que se trató de un suicidio, mediante una ingesta masiva de medicamentos. Según las fuerzas del orden, "la hija de la autor golpeó en reiteradas ocasiones la puerta del apartamento, pero como nadie abrió, decidió llamar a un cerrajero". La vivienda está ubicada en el número 1841 de la santiaguina calle de Los Leones, en el barrio de Providencia.
Una vez forzada la puerta encontraron el cadáver de la escritora justo como también fue encontrado el de su padre. Llevaba unas diez horas muerta. Hasta el momento, la PDI (Policía de Investigaciones) ha descartado la intervención de terceros en la muerte. Desde el Servicio Médico Legal se la capital chilena se informa de que: "El resultado de la autopsia ha arrojado una intoxicación medicamentosa".
Artículos como este daban cuenta hace dos meses del fallecimiento de Pilar, la hija adoptiva de José Donoso. Los fantasmas del pasado, la incertidumbre y la soledad la vencieron a los 44 años de su edad. Al propósito de su deceso, desde Washington, Álvaro Vargas Llosa rememora los días de infancia junto a Pilar en Barcelona.
ÉRAMOS EL MINI “BOOM”
Por Álvaro Vargas Llosa
No hay acto más valeroso que suicidarse. Hace falta para ello un coraje aun mayor que el que exige escribir –mejor dicho: publicar— un libro como “Correr el tupido velo”. Nunca entendí por qué a las personas que se quitan la vida se las llama “cobardes” y se dice de ellas que “se evaden”, que son incapaces de enfrentar la realidad. Es exactamente al revés: sólo el cobarde sigue viviendo una vida que no le interesa vivir porque no se atreve a ponerle fin. Podremos decir del que se mata que es egoísta, sobre todo si tiene hijos menores, y quizá, estirando la liga, hasta cruel. Pero nunca cobarde.
Pilar Donoso ha decidido que la carrera literaria que había iniciado con maestría hace menos de dos años, y que tantos críticos y escritores le habían celebrado con elogios dictados por cualquier cosa menos compromiso, no es una promesa lo suficientemente atractiva como para seguir aferrada a la vida. Ha decidido que sus tres hijos, a los que dedicó su libro en un acto de amor comparable al que declaró por su padre con el mero hecho de escribirlo, no podrán nunca curar la herida existencial que por lo visto “Correr el tupido velo”, en lugar de cerrar, abrió todavía más. Y ha decidido también, en vista de que no pudo localizar a sus padres biológicos, que las raíces más poderosas de su tronco se las llevaron sus padres adoptivos al morir. Y ahora ha vuelto a ellas.
Que esté enterrada en Zapallar junto a Pepe y María Pilar es una metáfora de la re-unión de los tres luego de unos años de separación. Sólo que esta prolongación metafísica del hogar de los Donoso –de Pepe, María Pilar y Pilar, juntos- no tendrá una Pilarcita que lo cuente todo y tan bien. Todo lo que ocurra en las paredes de ese hogar re-unido será de ahora en adelante un secreto: desde la muerte no se escriben diarios ni biografías ni testimonios.
Cuando leí su libro, el año pasado, le puse unas líneas. No habíamos tenido contacto desde hacía muchísimo tiempo. La última vez había sido durante un viaje mío a Santiago por trabajo, ni siquiera recuerdo con exactitud qué año. Le dije que “Correr el tupido velo” me había perturbado, que era un libro sobre ella más que sobre su padre, que me había devuelto a mi infancia barcelonesa y que me gustaría algún día hacer un libro equivalente sobre mi padre.
Tardó algunos días en responder. Eso y el tono de la respuesta me parecieron denotar una cierta inseguridad, como si dudara. ¿De qué? No lo sé, pero imagino que le era mucho menos fácil que a mí recordar aquellos años de infancia compartida. Intercambiamos algunos e-mails y quedamos en vernos. Pero no me transmitía mucha naturalidad. Se notaba que le costaba intimar conmigo. Me escribió un tiempo después, cuando leyó el artículo de mi padre sobre su libro, para pedirme un correo electrónico a fin de agradecérselo. Algo había cambiado: parecía haber bajado un poco más la guardia y sentirse un poco más cómoda. Pero nunca más retomamos el diálogo virtual. Temía que insistir podía incomodarla y pensé que en un próximo viaje a Santiago la vería, y que tal vez cara a cara todo sería más fácil. En cualquier caso, había dialogado intensamente con ella mientras leía cada página de su libro. Un descanso no haría daño.
Pilar –o, como le decían siempre, la Pilarcita— es una de las imágenes mas nítidas que tengo de Barcelona, donde viví de 1970 a 1974, es decir desde los cuatro hasta los ocho años. De los otros hijos de escritores latinoamericanos afincados por entonces en la capital catalana, tengo recuerdos bastante menos prolongados que de ella. De Rodrigo y Gonzalo, hijos de García Márquez, recuerdo la casa, no muy lejos de donde vivíamos nosotros en la calle Ossio, y una escena en la que yo les pregunto, mientras vemos una pelea de box, por qué hablan de “asaltos” para describir los “rounds” del pugilato si nadie está siendo asaltado. De ella, en cambio, no recuerdo escenas aisladas sino una época. Íbamos al cine, al circo y a los títeres; a veces mi hermano Gonzalo y yo la visitábamos en su casa de Calaceite, en la provincia aragonesa de Teruel; con alguna frecuencia, cuando nuestros padres viajaban, nos dejaban a ella y a nosotros en el parvulario Pedralbes, donde recogíamos piñones y buscábamos en cada esquina a los hijos de Johan Cruyff, por entonces la super estrella del Barcelona FC, de quien se decía que alguna vez había enviado a sus hijos a ese lugar por unos días.
Ella dice que nuestros juegos eran inocentes. Yo no estoy tan seguro. Pero sí estoy casi seguro de que fue la única etapa más o menos feliz de su vida. Quizá por eso le costaba, casi cuatro décadas después, recordarla con naturalidad y compartir el recuerdo con otro protagonista. Dice en su libro que éramos el mini “boom”. Tal vez éramos algo así como la argamasa que mantenía más o menos unida a la tribu del “boom” porque los hijos no teníamos conciencia política ni literaria, ni rivalidades ni presiones externas que nos fueran separando poco a poco: sólo una vaga noción de que los libros eran objetos graves y severos, de que nuestros mayores hablaban mucho de países lejanos, de que cuando se mencionaban ciertas cosas, a un tal Franco por ejemplo, se bajaba un poco la voz, y de que había un lugar llamado Francia al que constantemente había que planear ir aunque no fuésemos tanto.
Todavía no sabíamos que lo primero se llamaba literatura, y no tenía siempre que ser grave y severo; que lo segundo se llamaba exilio y que sin esa distancia no habría existido la literatura latinoamericana (en el supuesto de que tal cosa exista) sino literaturas nacionales; que lo tercero se llamaba dictadura y que lo cuarto se llamaba Europa y libertad, y empezaba al otro lado de la frontera, no muy lejos de Barcelona. Pero estas cuatro experiencias determinantes de la generación literaria que llamaban “boom” –la literatura, el exilio, la dictadura y la libertad— ya eran parte de nuestra propia formación y marcarían para siempre nuestra forma de ver las cosas y de relacionarnos con los demás cuando creciéramos.
Cuando crecí sólo un poco más y supe que “Casa de campo”, una de las mejores obras de Pepe Donoso, había partido de una imagen que me concernía –mi hermano y yo jugando con Pilar en su casa de Calaceite—, inicié un fantaseo juguetón que duró algunos años. Nos imaginaba a los tres como parte de los treinta y cinco primos a los que los adultos de la historia dejan en la mansión. En lugar de que los sirvientes, que según los entendidos simbolizaban a los militares al servicio de los adultos, o sea de la oligarquía, acabaran haciéndose con el control de todo tras el interregno de los nativos, nosotros nos apoderábamos del lugar y le prendíamos fuego a la casa. A veces, la fantasía consistía más bien en imaginar que éramos como Miles y Flora, los niños de “Otra vuelta de tuerca”, la novela breve de Henry James, y atraíamos hacia la mansión toda clase de fantasmas para vengarnos de los adultos.
Algo similar me sucedía con “El obsceno pájaro de la noche”: era irresistible la tentación de introducirnos clandestinamente –mi hermano Gonzalo, Pilar y yo— en La Rinconada y dejar a los monstruos en libertad para que, sueltos por la ciudad, pusieran a correr despavorido a medio mundo; o de hacer algo parecido con las viejas raras de la Casa de los Ejercicios Espirituales. Quizá imaginaba estas cosas porque había aprendido desde chico que el oficio de nuestros padres era básicamente hacer travesuras poniendo las cosas de cabeza: bajar a los de arriba, subir a los de abajo, volver feo lo bonito y bonito lo feo, y contar chismes con palabras difíciles.
En mi casa nunca oí hablar mal de los padres de Pilar, incluso cuando se hablaba de sus neurosis y delirios. Eso permitió que la distancia física, cuando cada uno tomó su rumbo, no fuera insalvable para mantener los buenos recuerdos y el afecto. Leí, a lo largo de los años, mucho de lo que Pepe Donoso escribió. Siempre que lo hacía, las imágenes de Pilar me volvían a la mente. Se lo dije cuando la vi en Santiago, siendo ambos treintones. No me contó entonces que quería escribir, sólo que leía. Me habló de los libros de su padre de una forma algo impersonal. Nada permitía sospechar que había en ella una vocación literaria o, lo que es parecido, un desarreglo emocional o psicológico que exigía una expresión artística. Era algo melancólica y muy guapa, y disimulaba bien lo mucho que debía sufrir. Hoy sabemos que ese hogar había sido un infierno y un paraíso al mismo tiempo, y que el asunto de su identidad no lo tenía tan asumido como parecía. Debo ser muy insensible o muy tonto, pero no noté la herida que evidentemente llevaba abierta.
Tuvieron que pasar años, y sobre todo la muerte del padre y la madre, para que Pilar se decidiera a liberar a la genio que llevaba atrapada en la botella. Quizá el “shock” brutal de los papeles de su padre, cuya lectura y estudio le tomó años y son una de las varias materias primas de su libro, resultó determinante para disparar en ella una vocación de poner palabras por escrito. Pero no creo que el encontronazo con esos diarios basten para explicarlo todo, pues el libro es mucho más que una recopilación inteligentemente editada de los papeles del padre. Es una reconstrucción y al mismo tiempo una creación que se apoya en muchas cosas. Tan importante o más que los fragmentos de diario y las cartas es la percepción que ella aporta y la forma en que organiza el material para transmitir lo que quiere transmitir. Y eso es el resultado de una sensibilidad que muchos años de experiencias, observaciones, lecturas y conversaciones, así como de infelicidad y momentos mejores, habían ido formando. Por eso le dije, el año pasado, que a mi juicio no era un libro sobre su padre sino sobre ella.
Estamos acostumbrados, en estos tiempos de globalización, a ser ciudadanos del mundo, o al menos a pensar que lo somos. Pilar, a primera vista, lo era. Había vivido en distintos lugares, era hija de un matrimonio altamente cosmopolita y hasta su forma de hablar, en parte chilena y en parte española, tenía el acento de lo mixto. Y, sin embargo, hoy es fácil ver que, al menos en su caso, no siempre basta la ciudadanía del mundo para tener un sentido de pertenencia. Ella, al menos, necesitaba pertenecer a algo más pequeño y asible. Algo que no estaba en España, país al que había decidido mudarse sin llegar a hacerlo y en el que había intentado sin éxito rastrear a sus padres biológicos, ni en Chile, donde no acababa de sentirse a gusto y donde acaso la hostilidad de un sector de su familia le dificultaba en los últimos tiempos la idea de permanecer para siempre.
Lo que le daba el sentido de pertenencia era, evidentemente, la compleja, misteriosa y tóxica trinidad que ella constituía con Pepe y María Pilar, y que la muerte de éstos se había llevado para siempre. Sin ellos, por muy ciudadana del mundo que fuera, estaba perdida. De allí que su suicidio sea cualquier cosa menos un escape: más bien un re-encuentro, un regreso al lugar de pertenencia. Es la única conclusión a la que se puede llegar habiendo leído su libro.
Ojalá que sus hijos, a quienes no conozco, no crezcan guardándole rencor por haberse ido de este modo, y ojalá que a nadie se le ocurra intentar inculcarles esa idea. Lo que deben saber de ella es que los quiso mucho, que escribió un libro del carajo, que tuvo más valor del que tenemos casi todos los demás y que un buen día se fue al lugar al que pertenecía.
Artículo publicado en la sección “Reportajes” de “La Tercera” de Chile






No hay comentarios:

Publicar un comentario