viernes, 25 de febrero de 2011

LAS EDADES DE UN POETA

Aquí les dejo un interesante artículo sobre Juan Gonzalo Rose publicado en el Diario El Comercio 04/11/07
Un rostro menos melancólico y callado que el que el poeta solía lucir en sus últimos días nos lo entrega su hermana preferida, protagonista de uno de los poemas más sentidos de Juan Gonzalo. En esta visión aparece como un hombre bromista, jaranero, lleno de amigos y con ganas y tiempo de caminar por todo el mundo.
Por Enrique Sánchez Hernani


¿Es cierto aquello de que Juan Gonzalo no nació en Tacna?
-No nació en Tacna, pero era tacneño cien por ciento. Él nace el año 27 en los Barrios Altos, por el jardín botánico. Pero vivió desde muy niño en Tacna. Hace toda su primaria allá y para la secundaria se viene a Lima, a vivir con mi abuelita paterna, a Magdalena, y a estudiar en el colegio Claretiano.

¿Cómo se comportaba en el colegio?
-De ese colegio lo sacan porque uno de los padres claretianos habló una vez defendiendo a Francisco Franco y Juan Gonzalo lo refutó acusando al dictador de asesino. Tendría unos 15 o 16 años. No era que le interesase en ese momento la política sino que él conocía que Franco había matado a García Lorca y para él, que le gustaba la poesía, no le quedó otra cosa que defender al poeta asesinado.

¿Qué hizo entonces?
-Después de ese incidente vino mi papá a Chorrillos, como director del colegio Eguren, donde Juan Gonzalo acabó su media. Allí conoce al padre Gustavo Gutiérrez y se hicieron amiguísimos. El padre Gutiérrez lo adoraba. Con el tiempo los dos se influyeron, eso lo reconoció mi hermano, en el tema político y religioso. Cuando muere Juan Gonzalo lo hace como cristiano.

Por su poesía deducimos que la relación con su madre era intensa. ¿Es así?
-La relación de él con mi madre era muy fuerte. Ella guardaba un álbum con todos los recortes donde se hablaba de mi hermano. Creía que a su hijo se lo habían mandado del cielo directamente; ella vivía y moría por él. Yo nunca tuve problemas, porque como era la menor y mujer, tenía a mis padres, a Juan Gonzalo y a mi otro hermano, Paco. Quizá mi otro hermano si haya tenido un poco de celos.

¿Cómo era la personalidad del poeta entonces?
-Juan Gonzalo era el tipo más ocurrente y gracioso que se haya visto, lo que contradice la fama que le han hecho de triste. Era deportista; jugaba básquet en el colegio Claretiano y también fútbol. Hasta era bailarín. Sus amigos tienen muchas anécdotas con él. Él era muy abierto y alegre, le encantaban las fiestas, ponía apodos y se bromeaba con todos. Él era el alma de las reuniones.

Caramba, no parecía.
-Mire, nosotros éramos tres hermanos. Mi hermano Paco era amigo de todos los pescadores de la playa y cuando ellos lo buscaban, yo le gritaba: "¡Paco, te llaman tus amigos!". Y Juan Gonzalo lo fastidiaba: "¿Amigos? ¡Cómplices!".

¿De joven ya le gustaba leer?
-Desde muy joven se puso en contacto con los libros porque en mi casa siempre hubo muchos, pues mi padre era profesor. Ya después, con el alcoholismo, al final de su vida, se puso triste.

¿Qué amigos lo rodeaban por entonces?
-En San Marcos sus amigos eran Francisco Bendezú, Julio Cotler y un tal Pepe Casapía, que murió joven. Paraba también mucho con un primo hermano, Néstor Gross. Luego se hizo amigo de poetas de la siguiente generación: Arturo Corchera, César Calvo y Reinaldo Naranjo. Allí se metió en la vida política y formó una agrupación que se llamaba Juventud Pro Paz. Esa fue una de las razones por la que no le dejaron regresar cuando se fue a México el año 48.

Ah, no era cierto que fue deportado.
-Él no se fue deportado sino que lo hizo por sus propios medios, aunque la policía siempre lo perseguía. La policía entraba a cada rato a nuestra casa a preguntar por Juan Gonzalo. En una ocasión mi padre les dijo "¡Ustedes no entran aquí!", pero la policía lo empujó y entró. Cada vez que había revueltas, allí estaba metido mi hermano. Cuando no lo dejan entrar al país, se queda en México con Gustavo Valcárcel, su esposa Violeta y su hija Rosina, a quien quería tanto porque fueron como su familia.
 
¿Cómo le cayó semejante noticia a su madre?
-Por esa época había mucha tristeza en la casa. Nos sentábamos en la mesa y mi mamá comenzaba: "Pobrecito mi hijo, si tendrá qué comer". De esa época es el poema que me dedica a mí. Él solo regresa a Lima cuando yo ya me había casado, que lo hice muy jovencita, el 58. Volvimos a Chorrillos y ese año se gana el Premio Nacional de Poesía con Cantos desde lejos.

¿Qué era lo que más le gustaba a Juan Gonzalo?
-Le gustaba comer (risas). Cuando se sentaba a la mesa todo tenía que estar bien puesto, todo bonito. Lo más gracioso era que él comía solo con sus cosas. Por eso en sus poemas habla de su vaso y su cuchara. Tenía una cuchara de alpaca gastadísima. La había usado tanto que ya tenía un huequito. Un amigo una vez se lo hizo notar: "Juan Gonzalo -le dijo-, pero esa cuchara tiene hueco". Y él le contestó; "Sí, pero sí llega".

Qué humor tan increíble.
-Hasta su forma de comer era perfecta. Nunca usaba las manos para nada. Lo que le gustaba era el adobo que hacía mi mamá. Ella cocinaba cosas muy sencillas, como el locro o la crema de zapallo, que a Juan Gonzalo le encantaban, así como el pepián de choclo.

¿Y es verdad que cantaba?
-¡Lindo! En Tacna hasta cantó en una radio. Me cuentan que por eso mi papá lo mandó a Lima, porque se metía a la radio a cantar, como mi mamá, que cantaba todos los tangos de Gardel. Eso escuchaba Juan Gonzalo de chico.

¿De adulto eso marcó sus gustos?
-Claro. Él era un gran admirador de Piazzolla. Se trajo de Argentina todos sus discos. Cuando ya estaba mayor se sentaba en la sala a escucharlo. Era su músico favorito.

¿Su gusto por la música provenía de la familia?
-Era curioso, porque mi padre en Tacna no tenía radio, pues nos acostumbró a ir a comer a la mesa en silencio. En nuestra casa no había bulla. Pero Juan Gonzalo se compraba cancioneros y le ponía música a las letras. Muchas veces, me contaron, ésta coincidía con la verdadera melodía de esas canciones.

Si se quedaba en Tacna a lo mejor hubiese sido músico, pero lo enviaron a Lima.
-Pero también hubo otra razón, por algo que él defendía, porque él era un defensor de los derechos de la gente. Siempre defendía al que veía de menos. Yo también soy así.

¿Cuándo es que se vuelve a meter en la música?
-Ya mayor. Cuando se junta con Diego Mariscal, él le presenta a Víctor Merino, y entre ambos hicieron un disco que no circuló mucho, El mismo puerto, donde le pusieron música a los poemas de Juan Gonzalo. La voz la puso Tania Libertad.

¿Su afición por la música lo llevaba a ir a peñas?
 -Sí iba. En Barranco había una, El Embrujo, de Elena Bustamante. No era muy amigo de los artistas pero sí de la gente que llegaba allí: Magda Figuerola, Chabuca Granda, que lo quería tantísimo. Ella llegaba a mi casa de Magdalena con unas medias de lana para Juan Gonzalo, pero antes le sobaba los pies con petróleo blanco, porque él se quejaba de que le dolían los pies al caminar.

Qué cariñosa.
-Sí, y tan humilde. Cuando ya estaba en sus últimos años, Chabuca le preguntaba: "¿Qué te falta hacer Gonzalito?". "Viajar otra vez a Buenos Aires", le contestó, "ya tengo los pasajes, pero me falta un sobretodo". A los pocos días le trajo un sobretodo, aunque finalmente él nunca llegó a viajar.

¿Juan Gonzalo tenía más amigos músicos?
-Muchos. Raúl Vásquez era uno de ellos. Y había un gran grupo que iba a nuestra casa de Magdalena: Tania Libertad, Cecilia Barraza, Jorge Madueño, Diego Mariscal, y Rubén Flores, el papá de Juan Diego. Víctor Medina llegaba con un pianito, tocaba y los demás se ponían a cantar.

Tremendas jaranas se harían.
-Claro. También iba el guitarrista de Chabuca, Lucho Gonzáles. Chabuca también. Realmente, la que reunía a esa gente era ella. Como era tan amiga de él y le daba siempre lo que quería, también le llevaba a sus amigos.

Junto a los músicos y los poetas, ¿a quiénes más recuerda entre sus amigos?
-A Luis Banchero Rossi, que era tacneño. Todos los viajes que hizo Juan Gonzalo al exterior fueron invitaciones de Banchero, que lo adoraba. Viajó mucho: a Alemania, Brasil, Cuba, Argentina, a todas partes.

Le gustaba viajar.
-Sí, mucho. Él tenía un lema: para viajar no se necesita plata, se necesitan ganas. Cuando otros se quejaban de que no viajaban por carecer de dinero, él les decía: "Ah, no, ese no es motivo". De Brasil vino con un par de zapatos a los que les puso papel de periódico por dentro, porque tenía un hueco de todo lo que había caminado. Él agarraba calle y comenzaba a caminar, conocía todo. Por eso hizo Las Comarcas.

¿Y por qué cree que Juan Gonzalo al final cae en el alcoholismo?
-Creo que son genes. Yo tenía un tío que murió alcohólico y mi abuelo materno, que nunca tomó, se enfermó y empezó a tomar hasta que murió. Juan Gonzalo empieza a tomar a la muerte de mi papá. Como le tenía un gran respeto, nunca llegó tomado a la casa. Allí es cuando él empieza a tomar en la casa y se vuelve alcohólico. Se encerraba en su cuarto a tomar.

¿Qué hicieron ante eso?
-Lo llevamos varias veces a la clínica, a que lo trataran. Creo que la pastilla que le daban, que le hacía rechazar el licor, le malogró el hígado y le produjo cirrosis. Porque Juan Gonzalo era muy fuerte, nunca se enfermaba.

¿Su mamá lo sobrevivió?
-No, ella murió antes, un día que Juan Gonzalo se fue al centro a dejar su artículo para la revista Caretas. Su muerte fue violenta. Cuando llegó él, salí y le dije que mi mamá había muerto. Él entró y se sentó en la sala, impasible, anonadado. "Esto ya lo esperaba", me dijo.

¿Cómo lo tomó?
-En los dos años más que vivió, se sintió como liberado. Como ya no tenía que darle cuentas a nadie, se sentía mejor.

¿Y por qué era tan solitario? Nunca se le conoció pareja.
-Violeta Valcárcel me dijo que dejó una hija en México, pero él se sentía mantenido por su mamá. No tenía la economía para mantener una casa y ya se había acostumbrado a vivir con ella.
¿Usted le conoció novias?
-Había una chica en Barranco que era su novia, antes de que se fuese a México, pero murió.

¿Al final de sus días, cómo enfrentaba su enfermedad?
-Se pasaba horas y horas sin hablar. Cuando yo llegaba a visitarlo, mi mamá me decía: "Anda a hablarle a tu hermano". Se quedaba en la cama. Era muy depresivo.

¿Por su enfermedad?
-No. Creo que un poeta tiene que ser así. Él tenía una forma muy especial de mirar el mundo y entrar a su cabeza era algo muy difícil. Después de morir mi mamá se fue a una pensión que pagaba con el alquiler de la casa de Magdalena.

¿Cómo fue que llegó a morir?
-Una vez me llama. "Me siento mal", me dijo, "pero no quiero que me lleves al hospital". Aunque sí lo hicimos y allí nos dijeron que tenía bronconeumonía. Se quedó internado. Como estuvo en cuidados intensivos, sufrió mucho. Cuando lo visitaban Magda Figuerola y Elena Bustamante, él les pedía que lo sacaran de allí.

¿Juan Gonzalo se lamentaba de algo?
-Me contó un sueño que tenía siempre. Dice que soñaba con que Abimael Guzmán lo llevaba en un carro negro y le decía: "Yo te tengo cólera, porque tú has tenido la mesa servida y no has hecho nada; y a mí sólo me han caído las migajas". Nunca supe si lo llegó a conocer.

¿Soñaba eso?
-Soñaba eso. Dice que en el sueño llegaban a una calle de Lima y que él bajaba, caminaba y no sabía si iba a seguir caminando o le iban a dar un tiro por la espalda, y que por ese temor se despertaba. Quizá -ya especulo-, él se sentía culpable por no haber hecho un país socialista, algo con lo que él había soñado. (*) Seudónimo del periodista Mario Campos. 


jueves, 24 de febrero de 2011

LOS OLVIDADOS DEL NOBEL


Ni Mendeleyev ni  Gandhi ni Tolstói recibieron el premio - La selección implica a 6.000 expertos, y la Academia prefiere omisión a escándalo



George Gamow, Dmitri Mendeleyev, Oswald Avery, Mahatma Gandhi, León Tolstói, Marcel Proust, James Joyce, Jorge Luis Borges. Estos son solo algunos de los omitidos por la Academia Sueca.

¿Qué premio Nobel explicó la física cuántica de la radiactividad, postuló la versión moderna del Big Bang, propuso que las estrellas brillan por reacciones termonucleares y descubrió el concepto de código genético? Ninguno. La persona existió -se llamaba George Gamow-, pero no recibió el premio. Ni el de física ni el de medicina.

Tampoco lo recibió Dmitri Mendeleyev, cuya tabla periódica decora las escuelas de todo el mundo; ni Oswald Avery, que demostró que el ADN es la molécula portadora de la información genética; ni Lise Meitner, descubridora de la fisión nuclear; ni Julius Lilienfeld, creador del transistor; ni George Zweig, codescubridor de los quarks. Es sólo el arranque de una larga lista de ilustres no premiados nunca con un Nobel de ciencias.

Y fuera de las ciencias es peor aún. El pacifista más célebre del siglo XX, Mahatma Gandhi, no recibió el Nobel de la paz, a diferencia de Henry Kissinger o Yasser Arafat. Y el de literatura ha tenido que afinar realmente su puntería para no recaer en León Tolstói, Anton Chejov, Franz Kafka, Marcel Proust, James Joyce, Henry James, Vladimir Nabokov, Graham Greene o Jorge Luis Borges, por citar sólo a los muertos.

El Nobel, con todo, sigue siendo el premio más prestigioso que puede recibir un intelectual en este planeta. Y su prestigio no se debe a la tradición -¿por qué tendría el mundo que respetar una tradición sueca?-, sino a su exhaustivo mecanismo de selección. Los premios que hemos conocido esta semana son el resultado de un año de investigación sobre los candidatos.

La Real Academia Sueca de Ciencias (que concede los premios de física, química y economía), el Instituto Karolinska (medicina), la Academia Sueca (literatura) y el Comité Nobel Noruego (paz) invitaron en octubre del año pasado -como hacen cada otoño- a 6.000 expertos de todo el mundo a presentar las nominaciones (nunca de sí mismos).

Eso son unos 1.000 expertos por premio, entre ellos, los anteriores premios Nobel de cada área, y el resultado suelen ser 100 o 200 nominaciones en total. Los seis comités Nobel, uno por premio, empezaron en febrero a seleccionar esas nominaciones, y sólo han acabado hace un par de semanas. Durante este proceso consultan a muchos expertos externos, y de ahí suelen venir los rumores sobre la identidad de los premiados, por lo general escasos y poco fiables.

Una selección de este tipo garantiza que todos los premiados merecen serlo -en ciencia ha habido pocas concesiones controvertidas-, pero no que todos los merecedores sean premiados. Es lógico por lo tanto que la mayoría de las decisiones polémicas de la Academia lo hayan sido sobre todo por ausencia. O por tardanza, que sólo difiere de la ausencia en la longevidad del candidato. Pero lo cierto es que cada caso es un mundo.

Una clase minoritaria de no-premiados son los que el físico británico John Gribbin llama los visionarios. Son "más importantes que los premios Nobel", según Gribbin. El paradigma es el mismo Gamow citado en el primer párrafo. Su influencia en la ciencia es incalculable, aunque también en el sentido literal: que no puede calcularse. Son ideas, avistamientos, pautas. Su alcance se debe a cómo han influido en otros científicos, y el Nobel suele ser para éstos.

Gamow nació en Odesa cuando era parte del Imperio Ruso, y estudió física en San Petersburgo cuando se llamaba Leningrado, pero trabajó toda su vida en Gotinga, Copenhague, Cambridge y Boulder (Colorado, EE UU). En 1948 propuso con Ralph Alpher la teoría del Big Bang. Otros físicos habían especulado antes con la idea, pero fue el artículo de Alpher y Gamow el que permitió demostrar el Big Bang 15 años después.

Como Alpher y Gamow parece alfa y gama, Gamow no pudo resistirse a buscar una beta para redondear el artículo. La encontró pronto en uno de los grandes físicos teóricos del siglo XX, Hans Bethe, a quien persuadió de firmar el trabajo pese a su nula contribución. El histórico artículo The origin of chemical elements salió así firmado por Alpher, Bethe y Gamow, a satisfacción de este último. Bethe, al menos, sí recibió el Nobel, aunque por otra cosa.

James Watson y Francis Crick descubrieron la doble hélice del ADN en 1953. Poco después de haber publicado el hallazgo en Nature recibieron una carta de Gamow, a quien no conocían de nada. El físico proponía allí el primer modelo de un código genético: un lenguaje que traducía el orden lineal de las letras del ADN -recién descubierto por los receptores de la carta- en otro tipo de secuencia: la hilera de aminoácidos que constituye las proteínas. Su modelo concreto era incorrecto, pero el concepto de código genético resultó capital.

Thomas Edison patentó 1.093 inventos, entre ellos el fonógrafo, el altavoz y el micrófono del teléfono, las piezas clave del cinematógrafo, el primer generador eficaz y un modelo de ferrocarril eléctrico. Y la bombilla, por supuesto. Entretanto, su colega Nikola Tesla ideaba las dinamos de corriente alterna, la transmisión de la energía eléctrica y la bobina de inducción, que le permitió adelantarse a Marconi en la patente de la radio. Edison y Tesla fueron nominados al Nobel en 1915, pero la Academia los descartó por una razón de peso: no se podían ni ver el uno al otro. Marconi había recibido el galardón seis años antes.

Durante la primera mitad del siglo, los experimentos en aceleradores descubrieron tantas partículas subatómicas que los físicos las llamaban "el zoo": protones, neutrones, rho, delta, sigma, xi, kaones, antikaones, piones, cientos de partículas elementales. En 1964, Murray Gell-Mann y George Zwieg se dieron cuenta de que podían explicarlas como distintas combinaciones de sólo tres partículas aún más elementales: los quarks. Gell-Mann, que fue quien les puso ese nombre, fue el único de los dos que recibió el premio Nobel. Zwieg los había llamado "ases".

El mayor descubrimiento de la biología del siglo XX, la doble hélice del ADN -la clave de la herencia-, no hubiera sido posible sin un dato previo esencial: que el ADN es el material hereditario. Fue Oswald Avery quien lo demostró en 1944, y contra todo pronóstico, porque casi todos los científicos pensaban lo contrario hasta entonces (y la mayoría siguió pensándolo aún después).

La razón de que Avery no recibiera el galardón ha sido un misterio durante 50 años, el tiempo que tarda la comisión Nobel en hacer públicas sus deliberaciones. Hoy se sabe que el químico sueco Einar Hammarsten bloqueó su candidatura, y que siguió haciéndolo incluso después de que Watson y Crick descubrieran la doble hélice en 1953. Hammarsten creía que la información genética estaba en las proteínas, y su convicción era impermeable a los datos.
Barbara McClintock descubrió los transposones -genes que saltan de un lugar a otro del genoma- en 1948 con una serie impecable de experimentos en el maíz. No sólo demostró su existencia, sino también que suelen alterar la actividad de los genes que tienen al lado, y percibió que debían ser muy importantes en el desarrollo y la evolución. McClintok ya estaba reconocida para entonces como una de las genetistas más brillantes del mundo, pero sus resultados fueron recibidos con escepticismo por muchos científicos, e ignorados por muchos otros.

El resultado fue que McClintock recibió el Nobel, pero 35 años después, cuando ella había cumplido 81. Al menos pudo vengarse en la cena protocolaria de Estocolmo con estas palabras: "Debo admitir que al principio me sentí sorprendida, y después confundida. Nadie me invitaba a dar clases o seminarios, ni a intervenir en comités o tribunales académicos. Pero ese largo intervalo resultó ser una delicia. Me dio una completa libertad para seguir investigando por puro placer y sin interrupciones".

Einstein ganó el premio Nobel en 1921 por su explicación del efecto fotoeléctrico, uno de los artículos clave que publicó en su annus mirabilis de 1905. Esto implica que su teoría de la relatividad, uno de los dos pilares de la física actual junto a la mecánica cuántica, es otro de los grandes olvidados de la Academia, aunque su autor no lo sea. Y la razón tiene esta vez algo de paradójico.

Einstein formuló la relatividad, también en 1905, para responder a la pregunta: ¿qué ocurriría si una persona corriera tan deprisa que lograra alcanzar a una onda de luz? La persona vería una onda de luz que está quieta, como parece quieto un tren que se mueve en paralelo al nuestro. Pero la velocidad de la luz es una ley fundamental de la naturaleza, y por tanto no puede parecerle quieta a nadie.

La solución de Einstein fue aceptar los hechos y derivar sus consecuencias lógicas, por extrañas que pareciesen. La velocidad no es más que el espacio partido por el tiempo. Si la velocidad de la luz tiene que ser constante aunque corras tanto como ella, es que el tiempo y el espacio no pueden serlo. Esta teoría de 1905 se llama relatividad especial, y una de sus consecuencias directas es la célebre ecuación E=mc2, que reveló que la masa (m) y la energía (E) son dos caras de la misma moneda, y que una ínfima cantidad de masa puede convertirse en una gran cantidad de energía al multiplicarse por el cuadrado de la velocidad de la luz (c), que es un número enorme. Es el fundamento de la energía nuclear y de la bomba atómica. También del brillo de las estrellas.

Einstein fue nominado por esta teoría varias veces desde 1910, pero la Academia prefirió esperar a que los experimentos despejaran las dudas. Eso ocurrió en 1915, pero para entonces Einstein ya había desarrollado la relatividad general, la teoría de la gravitación que corrigió a Newton. Y ésta era más chocante aún que la relatividad especial, por lo que Estocolmo se volvió a echar atrás. De modo que el físico fue, en cierto modo, víctima de su propio éxito. Sin embargo, éste es un asunto sobre el que los científicos sólo albergan una duda: si Einstein mereció otros dos premios Nobel, o si más bien fueron tres.

Alfred Nobel, el inventor de los premios -y de la dinamita-, dejó escrito en su testamento que el galardón de literatura se concediera a escritores de "tendencia idealista". El comité se tomó la frase a la tremenda en los primeros tiempos, y la adujo para rechazar las candidaturas de Tolstói, Twain, Ibsen y Zola. Cuando se relajó la norma ya estaban todos muertos.

Karel Capek, el gran escritor checo de la primera mitad del siglo XX -e introductor de la palabra robot-, suscitó las dudas del comité Nobel por sus obras antinazis de los años treinta. A los académicos les parecían demasiado insultantes para el Gobierno alemán. De todos modos quisieron dar una oportunidad a Capek, de cuyos méritos literarios no dudaban, y le pidieron que presentara alguna obra menos controvertida. "Gracias por la intención", respondió Capek, "pero ya escribí mi tesis doctoral". Se quedó sin premio, como es natural.

El caso de 1974 en literatura es poco representativo, pero aún menos eludible. Vladímir Nabokov, Graham Greene y Saul Bellow fueron rechazados ese año para otorgar el premio a Eyvind Johnson (Retorno a Ítaca) y Harry Martinson (Ortigas en flor), dos escritores bastante conocidos en Suecia, entre otras cosas por ser miembros de la Academia Sueca.

No está claro cuánto podrán resistir los Nobel con su esquema actual. Los matemáticos y los paleontólogos siempre se han quejado de que no haya un Nobel para sus disciplinas, pero la lista de agraviados puede crecer pronto hasta límites insoportables. Porque tampoco hay un Nobel de computación, ni de nuevos materiales, ni de nanotecnología ni de climatología. Ni de cine, que se lo podrían haber dado a Ingmar Bergman sin hacer el ridículo.



En el diario español El País de fecha 11 de octubre de 2009 apareció este interesante artículo sobre las grandes omisiones de la Academia Sueca en la nominación del Nobel. La lista de omitidos es impresionante, pues increíblemente grandes luminarias de la ciencia y letras parecen haber sido ignorados por los académicos suecos.

viernes, 4 de febrero de 2011

CÉSAR VALLEJO: ASCENDENCIA

Don Pablo Manuel de Porturas y Corral era dueño de la hacienda Nuestra Señora del Rosario de Angasmarca y Santa Rosa de Viterbo en la Provincia de Santiago de Chuco de los andes del norte del Perú. El primer propietario de la hacienda don Martín de Aranda y Porras había recorrido la hacienda a caballo durante 65 días y no llegó a conocerla toda. La hacienda tenía buenos pastos para la cría de ganado y buena tierra para la agricultura. En 1828 don Pablo Manuel de Porturas y Corral tenía 20 años y quería casarse. Hizo una reunión de los padres de familia de hacienda y les hizo una invitación memorable: que traigan a sus hijas que cumplían entre los 18 y los 20 años de edad, que vistan con sus mejores trajes y que vengan con ellas a la casa - hacienda para una gran celebración. Las madres trajeron a sus hijas bien vestidas, el patrón ordenó que las muchachas solas entren al patio y se formen en dos filas, frente a frente a 2 metros de distancia. Porturas caminó entre las dos filas observando a las muchachas. Había una con un sombrero que casi le tapaba la cara. Porturas pasó sin mirarla, pero volvió y le levantó el sombrero, vio un rostro hermoso y dijo: “Esta es”. Luego le tomó de la mano y la entregó a las matronas, para que se hicieran cargo de la muchacha. Llamaba Santos Verde y era una muchacha muy hermosa, natural de la hacienda de Calipuy, vecina de Angasmarca. La llevaron a Trujillo, donde durante un año la prepararon para las bodas.

Don Pablo había decidido que las bodas las celebrara un sacerdote español, de tez blanca y ojos azules. Se puso de acuerdo con su hermano don José de Porturas y Corral. La hacienda necesitaba un sacerdote. Con el propósito de conseguirlo, don Pablo  viajó a España. En Trujillo de Extremadura encontró al sacerdote que buscaba. Era el padre mercedario Don José Rufo Vallejo. De regreso en el Perú con el sacerdote mercedario, don Pablo viajó a Trujillo del Perú para recoger a su novia, acompañado del sacerdote y de una comitiva. Santos Verde había sido transformada en un solo año en su manera de vestir, hablar y tratar por las dos matronas de Trujillo, encargadas de su educación. Cuando volvieron a la hacienda, los peones los recibieron con alborozo, besaban la sotana blanca del sacerdote don José Rufo Vallejo. Decían que era muy amable con todos, especialmente con los pobres. El sacerdote mercedario don José Rufo Vallejo celebró las bodas de Pablo de Porturas con Santos Verde en 1830. El matrimonio tuvo cinco hijos.

El sacerdote José Rufo Vallejo se establece en la región. Sirvió como cura en Angasmarca, Marcabal y Mollepata. En 1836 fue nombrado cura de Santiago de Chuco, fue muy activo con las hermandades de la ciudad, y realizó obras en favor de los pobres y de las viudas. Durante este periodo conoció a la joven Justa Benites Rebaza, se enamoró de ella, fue correspondido y tuvo relaciones íntimas con ella. Como resultado de esas relaciones, tuvo dos hijos con Justa Benites: Ignacia Natividad Vallejo que nació en 1837 y Francisco de Paula Vallejo que nació el 2 de abril de 1840. Esos hijos fueron reconocidos por el cura Vallejo. Las mujeres de Santiago de Chuco criticaron duramente a Justa por sus relaciones con el cura. Los hombres la defendieron y pidieron a las mujeres que no juzgarán al sacerdote, porque hacer el juicio de la conducta del sacerdote no les correspondía a ellas. Era tradición en el Perú que los sacerdotes que no podían mantener el celibato, convivían con sus mujeres como si fueran sus parientes cercanos. Las hermandades de Santiago de Chuco criticaron al cura Vallejo, porque Justa Benites era una joven decente, de buena familia y muy estimada. Las gentes de la sociedad de Santiago de Chuco terminaron por marginarla, y Justa Benites se aisló con sus hijos, protegida del cura Vallejo, a que sus hijos lo trataban de “padrino”, Justa Benites, que pertenecía a la sociedad de Santiago de Chuco, fue separada de la Iglesia y del trato con las ramillas principales. Las mujeres dejaron de ir a la confesión con el cura Vallejo. Justa Benites dejó de asistir a la Iglesia y se alejó de todas las actividades religiosas.

Los hijos del cura Vallejo fueron enviados por su padre a Trujillo para que sigan sus estudios secundarios. El cura dejó bienes a sus hijos, una fortuna en oro y plata, producto de 25 años de servicios como cura en diferentes lugares de la región. Le dejó a su hijo Francisco de Paula Vallejo una valiosa biblioteca con libros sobre derecho y con obras religiosas. Francisco de Paula Vallejo se dedicó al estudio de las leyes en la biblioteca de su padre, se preparó para defender juicios y actuar como abogado autodidacta. Llegó a ser gobernador de Santiago de Chuco. La hija del cura Vallejo, Ignacia Natividad Vallejo, se dedicó a la agricultura y a la ganadería, montaba a caballo y fumaba.

El celibato de los curas no era aguardado estrictamente en Santiago de Chuco. En 1850 otro sacerdote español, el padre Baltazar Joaquín de Mendoza, tuvo una hija con María Natividad Gurrionero: María de los Santos de Mendoza, una muchachita muy agraciada. Esta se enamoró de Francisco de Paula Vallejo y éste de ella. Caminaron al altar de la iglesia de Santiago de Chuco el 22 de junio de 1867 y casaron. Tanto la madre de Francisco de Paula Vallejo como la madre de María de los Santos de Mendoza pertenecían a la sociedad de Santiago de Chuco, no eran  indígenas, hablaban español y tenían la cultura peruana provinciana. Entre los antepasados de ellas, habían personas de raza indígena, pero ellas eran el producto del mestizaje natural, que ocurrió en todo el territorio del antiguo Virreinato del Perú. No eran indias mochicas de la costa. Su ancestro estaba en el Perú andino. Los dos padres de la pareja que contrajo matrimonio en 1867 eran españoles de pura cepa, y uno de ellos entroncado con la nobleza de los Mendoza de Castilla.

María de los Santos de Mendoza llevó como dote al matrimonio la casa heredó de su madre María Natividad Gurrionero. Del matrimonio de Francisco de Paula Vallejo con María de los Santos de Mendoza nacieron 12 hijos: cuatro mujeres y ocho varones. La mayor María Jesús nació el 30 de diciembre de 1868 y vivió 89 años. El segundo hijo, Víctor Clemente, nació en 1870 y vivió 76 años, el tercer hijo, Francisco Cleofé, nació en 1872 y sólo vivió 6 años. El cuarto hijo, Manuel María, nació en 1874 y vivió 14 años. El quinto hijo, José Augusto, nació en 1876 y vivió 79 años. La sexta hija, María Encarnación, nació en 1878 y vivió 41 años. El séptimo hijo, Manuel Natividad, nació en 1880 y vivió 86 años. El octavo hijo, Néstor Pablo, nació en 1883 y vivió 89 años. La novena hija, María Aguedita, nació en 1886 y vivió 77 años, fue la madre de Oswaldo Vázquez Vallejo, cronista de la familia Vallejo de Mendoza, que escribió el libro César Abraham Vallejo: ascendencia y nacimiento (Trujillo, 1992). La décima hija Victoria Natividad, nació en 1887 y vivió 96 años. El undécimo hijo, Miguel Ambrosio, nació en 1889 y vivió 26 años. El duodécimo hijo, César Abraham, nació el 7 de marzo de 1892 a las 2 de la tarde; fue el último hijo del matrimonio Vallejo-de Mendoza, vivió 46 años y murió en París.

Siete de los 12 hijos fueron longevos. Todos nacieron en Santiago de Chuco en la casa de la madre, en una habitación que se llamaba la Sala Verde, porque tenía la puerta pintada de verde. Cuando María de los Santos se encontraba embarazada iba a la Iglesia Matriz y contrataba una misa con el sacerdote para el buen nacimiento del niño o niña que llevaba en el vientre. Le decía al cura: “Padre, si mi hijo es varón ruego a Nuestro Señor que no sea militar, torero, ni payaso; y si es mujer, ruego la ampare en todos los días de su vida, que Él ponga su voluntad en cada hija”. Luego le pagaba al sacerdote 80 centavos de un peso y la misa duraba 30 minutos.

La madre de los Vallejo se dedicaba a los quehaceres de su hogar, cuidaba de la preparación de los alimentos para su numerosa prole. En esa tarea le ayudaban a sus domésticas: Inés Sifuentes, las hermanas Jacoba y Rosario Llajaruna, María Reyes, Rosa Aguilar y una señora Frutosa que estaba al cuidado del niño César Vallejo y lo llevaba de la mano a la escuela.

miércoles, 2 de febrero de 2011

FILADELFIA: LA CIUDAD DE LOS MURALES



Hermoso mural que evoca la Declaración de la Independencia. Este mural es parte de la introducción de la magnífica serie policial Cold Case.
Filadelfia es una de las ciudades más importantes de los Estados Unidos, pero algo que llamó mi atención fue la estética de la ciudad debido a la presencia de miles de murales, pero el fin no solo es estético pues el propósito fundamental es ofrecer cultura pues la temática fundamentalmente plasma acontecimientos históricos, y ensalzamiento a sus hijos más ilustres.

Sin duda alguna esta iniciativa (Muralart) llevada a cabo en Filadelfia desde hace 25 años es digna de imitar en nuestro país, la gran mayoría de los edificios de nuestras ciudades muestran caras laterales deplorables, los propietarios ni siquiera se toman la molestia de pintar sus moles y obviamente menos enlucirlas. Creo que los municipios son los llamados a tomar la iniciativa y emitir ordenanzas para que los edificios luzcan remozados y sobretodo transmitan cultura y belleza.   

ALGUNAS FRASES CÉLEBRES DEL MAESTRO BORGES



«Cada idioma es un modo de sentir al universo».
 En:  Borges Verbal p. 103

«Hay muchas personas que sienten escasamente la poesía. Generalmente, se dedican a enseñarla».
En: "La Poesía" - Siete Noches

«Seguiremos siendo inmortales; más allá de nuestra muerte corporal queda nuestra memoria, y más allá de nuestra memoria quedan nuestros actos, nuestros hechos, nuestras actitudes, toda esa maravillosa parte de la historia universal, aunque no lo sepamos y es mejor que no lo sepamos».
En: "La inmortalidad" - Borges oral


«Ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo silencioso y modesto, el arte de la crítica».
 En: "Junio, 1968" - Elogio de la sombra

«Siempre he sentido que mi destino era, ante todo, un destino literario; es decir; que me sucederían muchas cosas malas y algunas cosas buenas. Pero siempre supe que todo eso, a la larga, se convertiría en palabras».
En: "La Ceguera" - Siete Noches

«El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges».

En: "Nueva Refutación del Tiempo" - Otras inquisiciones

«Yo siempre me había imaginado el Paraíso bajo la especie de una biblioteca».
En: "La Ceguera" - Siete Noches

«En el presente intento ser lo más simple posible, siendo complejo pero de una manera secreta y modesta, de una manera no evidente.»
En: Conferencia en el Collège de France

«Siempre llegué a las cosas después de encontrarlas en los libros».
En: Autobiografía p. 32

«Mi destino es pensar que todas las cosas, todas las experiencias, me han sido dadas para que yo las convierta en poesía».
En: Borges at Eighty

«La lectura de un libro es una experiencia, como la experiencia, digamos, de mirar a una mujer, enamorarse o cruzar una calle. La lectura es una experiencia muy concreta y real».
En: "Time is the essential mystery" - Borges at eighty

«Hay algo que es mucho mejor que leer, y es releer, adentrarse más en un texto, enriqueciéndolo, porque uno ya lo ha leído. Yo le aconsejaría a la gente que lea poco, pero que relea mucho».
En: "But I prefer dreaming" - Borges at eighty p. 83

«Yo creo que no tiene sentido hablar de lecturas obligatorias. Es como hablar de amor obligatorio o felicidad obligatoria. Uno debe leer solamente por el placer del libro».

 En: "I always thought of paradise as a library" - Borges at Eighty p. 113

BORGES: CONOCIENDO AL MAESTRO A TRAVÉS DE SU AUTOBIOGRAFÍA

Esta Autobiografía fue publicada por la prestigiosa revista The New Yorker en septiembre del año 1970. Este es solamente el primer capítulo de la Autobiografía del maestro, próximamente prometo subir los capítulos ulteriores.  

I
Familia e Infancia

No puedo precisar si mis primeros recuerdos se remontan a la orilla oriental u occidental del turbio y lento Río de la Plata; si me vienen de Montevideo, donde pasábamos largas y ociosas vacaciones en la quinta de mi tío Francisco Haedo, o de Buenos Aires. Nací en 1899 en pleno centro de Buenos Aires, en la calle Tucumán entre Suipacha y Esmeralda, en una casa pequeña y modesta que pertenecía a mis abuelos maternos. Como la mayoría de las casas de la época, tenía azotea, zaguán, dos patios y un aljibe de donde sacábamos el agua. Debemos habernos mudado pronto al suburbio de Palermo, porque tengo recuerdos tempranos de otra casa con dos patios, un jardín con un alto molino de viento y un baldío del otro lado del jardín.

En esa época Palermo –el Palermo donde vivíamos, Serrano y Guatemala– era el sórdido arrabal norte de la ciudad, y mucha gente, para quien era una vergüenza reconocer que vivía allí, decía de modo ambiguo que vivía por el Norte. Nuestra casa era una de las pocas edificaciones de dos plantas que había en esa calle; el resto del barrio estaba formado por casas bajas y terrenos baldíos. Muchas veces me he referido a esa zona como “barriada”. En Palermo vivía gente de familia bien venida a menos y otra no tan recomendable. Había también un Palermo de compadritos, famosos por las peleas a cuchillo, pero ese Palermo tardaría en interesarme, puesto que hacíamos todo lo posible, y con éxito, para ignorarlo. No como nuestro vecino Evaristo Carriego, que fue el primer poeta argentino en explorar las posibilidades literarias que tenía allí al alcance de la mano. En cuanto a mí, no era consciente de la existencia de los compadritos, dado que apenas salía de casa.

Mi padre, Jorge Guillermo Borges, era abogado. Filósofo anarquista en la línea de Spencer, enseñaba psicología en la Escuela Normal de Lenguas Vivas, donde dictaba las clases en inglés utilizando como texto la versión abreviada del manual de psicología de William James. El inglés de mi padre se debía al hecho de que su madre, Frances Haslam, nació en Staffordshire y su familia procedía de la región de Northumbria. Una azarosa trama de circunstancias la trajo a América del Sur. La hermana mayor de Fanny Haslam se había casado con un ingeniero ítalo-judío llamado Jorge Suárez, quien introdujo los primeros tranvías tirados por caballos en la Argentina, donde se establecieron él y su mujer y desde donde mandaron a buscar a Fanny. Recuerdo una anécdota relacionada con esa aventura. Suárez era huésped del general Urquiza en su “palacio” de Entre Ríos y cometió la imprudencia de ganarle la primera partida de naipes al que era el implacable caudillo de la provincia y capaz de mandar a degollar a cualquiera. Al terminar la partida, otros huéspedes, alarmados, le explicaron a Suárez que si deseaba una autorización para que sus tranvías pudieran circular por la provincia, cada noche debía perder una cierta cantidad de monedas de oro. Urquiza era tan mal jugador que a Suárez le costó mucho esfuerzo perder las sumas convenidas.

Fue en la ciudad de Paraná donde Fanny Haslam conoció al coronel Francisco Borges. Ocurrió en 1870 o 1871, durante el sitio de la ciudad por los montoneros de Ricardo López Jordán. Borges, montado a caballo al frente de su regimiento, comandaba las tropas que defendían la ciudad. Fanny Haslam lo vio desde la azotea de su casa; y esa misma noche organizaron un baile para celebrar la llegada de las tropas gubernamentales de relevo. Fanny y el coronel se conocieron, bailaron, se enamoraron y con el tiempo se casaron.

Mi padre era el menor de dos hijos. Había nacido en Entre Ríos y solía explicarle a mi abuela, una respetable señora inglesa, que en realidad no era entrerriano, ya que –me decía– “Fui engendrado en la pampa”. Mi abuela, con reserva inglesa, respondía: “Estoy segura de que no entiendo lo que querés decir”. Por supuesto, lo que decía mi padre era cierto, dado que mi abuelo, a principios de la década de 1870, fue comandante en jefe de las fronteras del norte y el oeste de la provincia de Buenos Aires. De chico le oí contar a Fanny Haslam muchas historias sobre la vida de frontera de aquellos tiempos. Una de ellas aparece en mi cuento “Historia del guerrero y de la cautiva”. Mi abuela había hablado con varios caciques, cuyos nombres algo burdos, me parece, eran Simón Coliqueo, Catriel, Pincén y Namuncurá. En 1874 –durante una de nuestras guerras civiles– mi abuelo, el coronel Borges, encontró la muerte. Tenía entonces cuarenta y un años. En las complicadas circunstancias que rodearon su derrota en La Verde, envuelto en un poncho blanco, montó un caballo y seguido por diez o doce soldados avanzó despacio hacia las líneas enemigas, donde lo alcanzaron dos balas de Remington. Fue la primera vez que esa marca de rifle se usó en la Argentina, y me fascina pensar que la marca que me afeita todas las mañanas tiene el mismo nombre que la que mató a mi abuelo.

Fanny Haslam era una gran lectora. Cuando ya había pasado los ochenta la gente le decía, para ser amable con ella, que ya no había escritores como Dickens y Thackeray. Mi abuela contestaba: “Sin embargo yo prefiero a Arnold Bennett, Galsworthy y Wells”. Cuando se estaba muriendo, a la edad de noventa años, en 1935, nos llamó a su lado y en inglés (su español era fluido pero pobre), con aquella voz débil, nos dijo: “No soy más que una vieja muriéndose muy, muy despacio. Eso no tiene nada de notable ni de interesante”. No veía ninguna razón para que toda la casa se alterara, y se disculpó por tardar tanto en morir.

Mi padre era muy inteligente y como todos los hombres inteligentes muy bondadoso. Una vez me dijo que me fijara bien en los soldados, en los uniformes, en los cuarteles, en las banderas, en las iglesias, en los sacerdotes y en las carnicerías, ya que todo eso iba a desaparecer y algún día podría contarle a mis hijos que había visto esas cosas. Hasta ahora, desgraciadamente, no se ha cumplido la profecía. Mi padre era un hombre tan modesto que hubiera preferido ser invisible. Aunque se enorgullecía de su ascendencia inglesa, solía bromear sobre ella. Nos decía, con fingida perplejidad: “¿Qué son, al fin y al cabo, los ingleses? Son unos chacareros alemanes”. Sus ídolos eran Shelley, Keats y Swinburne. Como lector tenía dos intereses. En primer lugar, libros sobre metafísica y psicología (Berkeley, Hume, Royce y William James). En segundo lugar, literatura y libros sobre el Oriente (Lane, Burton y Payne). Él me reveló el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no sólo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y música. Cuando ahora recito un poema en inglés, mi madre me dice que lo hago con la voz de mi padre. También me dio, sin que yo fuera consciente, las primeras lecciones de filosofía. Cuando yo era todavía muy joven, con la ayuda de un tablero de ajedrez, me explicó las paradojas de Zenón: Aquiles y la tortuga, el vuelo inmóvil de la flecha, la imposibilidad del movimiento. Más tarde, sin mencionar el nombre de Berkeley, hizo todo lo posible por enseñarme los rudimentos del idealismo.

Mi madre, Leonor Acevedo de Borges, proviene de familias argentinas y uruguayas tradicionales, y a los noventa y cuatro años sigue tan fuerte como un roble, y tan católica. En épocas de mi infancia la religión era cosa de mujeres y de niños; los porteños en su mayoría eran librepensadores, aunque si se les preguntaba por lo general se declaraban católicos. Creo que heredé de mi madre la cualidad de pensar lo mejor de la gente, y su fuerte sentido de la amistad. Mi madre siempre ha tenido una actitud hospitalaria. Desde que aprendió el inglés a través de mi padre, casi todas sus lecturas han sido en esa lengua. Después de la muerte de mi padre, como era incapaz de fijar la atención en la página impresa, tradujo La comedia humana de William Saroyan para lograr concentrarse. La traducción encontró editor, y por ese trabajo recibió un homenaje de una sociedad armenia de Buenos Aires.

Más tarde tradujo algunos cuentos de Hawthorne y uno de los libros sobre arte de Herbert Read. Hizo también algunas de las traducciones de Melville, Virginia Woolf y Faulkner que se me atribuyen. Para mí siempre ha sido una compañera –sobre todo en los últimos tiempos, cuando me quedé ciego– y una amiga comprensiva y tolerante. Hasta hace muy poco, fue una verdadera secretaria: contestaba mis cartas, me leía, tomaba mi dictado, y también me acompañó en muchos viajes por el interior del país y el extranjero. Fue ella, aunque tardé en darme cuenta, quien silenciosa y eficazmente estimuló mi carrera literaria.

Su abuelo fue el coronel Isidoro Suárez, quien en 1824, a los veinticuatro años, comandó la famosa carga de caballería peruana y colombiana que decidió la batalla de Junín, en Perú. Ésa fue la penúltima batalla de la guerra sudamericana de Independencia. Aunque Suárez era primo segundo de Juan Manuel de Rosas, prefirió el destierro y la pobreza en Montevideo a vivir bajo una tiranía en Buenos Aires. Sus tierras fueron confiscadas y a uno de sus hermanos lo ejecutaron. Otro miembro de la familia de mi madre fue Francisco de Laprida, quien en 1816, en Tucumán, presidió el Congreso que declaró la independencia de la Confederación Argentina. Murió en 1829, en una guerra civil. El padre de mi madre, Isidoro Acevedo, aunque no era militar, participó en guerras civiles durante las décadas de 1860 y 1880. De modo que por ambos lados de la familia tengo antepasados militares; eso quizá explique mi nostalgia de ese destino épico que las divinidades me negaron, sin duda sabiamente.

Ya he dicho que pasé gran parte de mi infancia sin salir de mi casa. Al no tener amigos, mi hermana y yo inventamos dos compañeros imaginarios a los que llamamos, no sé por qué, Quilos y El Molino de Viento. Cuando finalmente nos aburrieron, le dijimos a nuestra madre que se habían muerto. Siempre fui miope y usé lentes, y era más bien débil. Como la mayoría de mis parientes habían sido soldados –hasta el hermano de mi padre fue oficial naval– y yo sabía que nunca lo sería, desde muy joven me avergonzó ser una persona destinada a los libros y no a la vida de acción. Durante toda mi juventud pensé que el hecho de ser amado por mi familia equivalía a una injusticia. No me sentía digno de ningún amor en especial, y recuerdo que mis cumpleaños me llenaban de vergüenza, porque todo el mundo me colmaba de regalos y yo pensaba que no había hecho nada para merecerlos, que era una especie de impostor. Alrededor de los treinta años logré superar esa sensación.

En casa hablábamos indistintamente en español o en inglés. Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. En realidad, creo no haber salido nunca de esa biblioteca. Es como si todavía la estuviera viendo. Ocupaba toda una habitación, con estantes encristalados, y debe haber contenido varios miles de volúmenes. Como era tan miope, me he olvidado de la mayoría de las caras de ese tiempo (quizá cuando pienso en mi abuelo Acevedo pienso en su fotografía), pero todavía recuerdo con nitidez los grabados en acero de la Chambers’s Encyclopaedia y de la Británica.

La primera novela que leí completa fue Huckleberry Finn. Después vinieron Roughing It y Flush Days in California. También leí los libros del capitán Marryat, Los primeros hombres en la luna de Wells, Poe, una edición de la obra de Longfellow en un solo tomo, La isla del tesoro, Dickens, Don Quijote, Tom Brown en la escuela, los cuentos de hadas de Grimm, Lewis Carroll, Las aventuras de Mr. Verdant Green (un libro ahora olvidado), Las mil y una noches de Burton. La obra de Burton –plagada de lo que entonces se consideraban obscenidades– me fue prohibida, y tuve que leerla a escondidas en la azotea. Pero en ese momento estaba tan emocionado por la magia del libro que no percibí en absoluto las partes censurables, y leí los cuentos sin tener conciencia de cualquier otro significado. Todos los libros que acabo de mencionar los leí en inglés. Cuando más tarde leí Don Quijote en versión original, me pareció una mala traducción. Todavía recuerdo aquellos volúmenes rojos con letras estampadas en oro de la edición de Garnier. En algún momento la biblioteca de mi padre se fragmentó, y cuando leí El Quijote en otra edición tuve la sensación de que no era el verdadero. Más tarde hice que un amigo me consiguiera la edición de Garnier, con los mismos grabados en acero, las mismas notas a pie de página y también las mismas erratas. Para mí todas esas cosas forman parte del libro; considero que ése es el verdadero Quijote.

En español leí muchos de los libros de Eduardo Gutiérrez sobre bandidos y forajidos argentinos –sobre todo Juan Moreira–, así como las Siluetas militares, que contiene un vigoroso relato de la muerte del coronel Borges. Mi madre me prohibió la lectura del Martín Fierro, ya que lo consideraba un libro sólo indicado para matones y colegiales, y que además no tenía nada que ver con los verdaderos gauchos. Ese libro también lo leí a escondidas. La opinión de mi madre se basaba en el hecho de que Hernández había apoyado a Rosas, y por lo tanto era un enemigo de nuestros antepasados unitarios. Leí también el Facundo de Sarmiento y muchos libros sobre mitología griega y escandinava. La poesía me llegó a través del inglés: Shelley, Keats, Fitzgerald y Swinburne, esos grandes favoritos de mi padre que él podía citar extensamente, y a menudo lo hacía.

Una tradición literaria recorría la familia de mi padre. Su tío abuelo Juan Crisóstomo Lafinur fue uno de los primeros poetas argentinos, y en 1820 escribió una oda a la muerte de su amigo el general Manuel Belgrano. Uno de sus primos, Álvaro Melián Lafinur, a quien yo conocía desde la infancia, era un destacado “poeta menor” y logró entrar en la Academia Argentina de Letras. El abuelo materno de mi padre, Edward Young Haslam, dirigió uno de los primeros periódicos ingleses en la Argentina, el “Southern Cross”, y se había doctorado en Filosofía o en Letras, no estoy seguro, en la Universidad de Heidelberg. Haslam no tenía medios para matricularse en Oxford o Cambridge, de modo que fue a Alemania, donde consiguió su título después de hacer todos los estudios en latín. Finalmente murió en Paraná.

Mi padre escribió una novela, que publicó en Mallorca en 1921, sobre la historia de Entre Ríos. Se llamaba El Caudillo. También escribió (y destruyó) un libro de ensayos, y publicó una traducción de la versión de FitzGerald del poema de Omar Khayyam en la misma métrica del original. Destruyó un libro de historias orientales –a la manera de Las Mil y Una Noches– y un drama, Hacia la nada, acerca de un hombre desilusionado por su hijo. Publicó además algunos buenos sonetos al estilo de Enrique Banchs.

Desde mi niñez, cuando le sobrevino la ceguera, se consideraba de manera tácita que yo cumpliría el destino literario que las circunstancias habían negado a mi padre. Era algo que se daba por descontado (y esas convicciones son más importantes que las cosas que meramente se dicen). Se esperaba que yo fuera escritor.


 
Empecé a escribir cuando tenía seis o siete años. Trataba de imitar a clásicos españoles como Cervantes. Había compuesto en un inglés muy malo una especie de manual de mitología griega, sin duda plagiado de Lemprière. Ésa puede haber sido mi primera incursión literaria. Mi primer cuento fue una historia bastante absurda a la manera de Cervantes, un relato anacrónico llamado “La visera fatal”. Estas cosas las escribía muy prolijamente en cuadernos escolares. Mi padre nunca interfirió. Quería que yo cometiera mis propios errores, y una vez dijo: “Los hijos educan a sus padres, y no al revés”. A los nueve años traduje “El príncipe feliz” de Oscar Wilde, que fue publicado en “El País”, uno de los diarios de Buenos Aires. Como la traducción estaba firmada simplemente “Jorge Borges”, la gente supuso que era obra de mi padre.

Recordar mis primeros años escolares no me produce ningún placer. Para empezar, no ingresé a la escuela hasta los nueve años, porque mi padre –como buen anarquista– desconfiaba de todas las empresas estatales. Como yo usaba lentes y llevaba cuello y corbata al estilo de Eton, padecía las burlas y bravuconadas de la mayoría de mis compañeros, que eran aprendices de matones. He olvidado el nombre de la escuela, pero sé que estaba en la calle Thames. Mi padre solía decir que en este país la historia argentina había reemplazado al catecismo, de modo que se esperaba adoración por todo lo que fuera argentino. Por ejemplo, se nos enseñaba historia argentina antes de permitirnos el conocimiento de los muchos países y los muchos siglos que intervinieron en su formación. En cuanto a la redacción en español, me enseñaron a escribir de manera florida: “Aquellos que lucharon por una patria libre, independiente, gloriosa...”. Más tarde, en Ginebra, me explicaron que esa forma de escribir carece de sentido y que debía ver las cosas por mis propios ojos. Mi hermana Norah, que nació en 1901, asistió naturalmente– a un colegio de niñas.

Durante todos aquellos años pasábamos los veranos en Adrogué, donde teníamos residencia propia: una casa grande de una planta, con parque, dos glorietas, un molino de viento y un lanudo ovejero marrón. En esa época Adrogué era un remoto y tranquilo laberinto de quintas con verjas de hierro y jarrones de mampostería, de plazas y calles que convergían y divergían bajo el omnipresente olor de los eucaliptos.

Mi primera experiencia verdadera de la pampa se produjo allá por 1909, durante un viaje a la estancia de unos parientes que vivían en las proximidades de San Nicolás, al noroeste de Buenos Aires. Recuerdo que la casa más cercana era una especie de mancha en el horizonte. Descubrí que esa distancia desmesurada se llamaba “la pampa”; y cuando me enteré de que los peones eran gauchos, como los personajes de Eduardo Gutiérrez, adquirieron para mí cierto encanto. Siempre llegué a las cosas después de encontrarlas en los libros. Una mañana temprano me dejaron que los acompañara a caballo mientras llevaban el ganado al río. Los hombres eran pequeños y morochos, y usaban bombachas. Cuando les pregunté si sabían nadar, me contestaron: “El agua es para el ganado”. Mi madre le regaló a la hija del capataz una muñeca, en una caja grande de cartón. Al año siguiente volvimos y preguntamos por la niña. “¡Qué alegría le ha dado la muñeca!”, nos dijeron. Y nos la mostraron, todavía en la caja, clavada en la pared como una imagen. A la niña, por supuesto, sólo le permitían mirarla sin tocarla, porque la podía manchar o romper. Allí estaba, a salvo, venerada desde lejos. Lugones ha escrito que en Córdoba, antes de que llegaran las revistas, vio muchas veces un naipe clavado como un cuadro en la pared de los ranchos. El cuatro de copas, con el pequeño león y las dos torres, era especialmente codiciado. Influido por Ascasubi, antes de viajar a Ginebra empecé a escribir un poema sobre los gauchos. Recuerdo que intenté utilizar la mayor cantidad posible de palabras gauchescas, pero las dificultades técnicas me superaron y nunca pasé de las primeras estrofas.