miércoles, 2 de febrero de 2011

FILADELFIA: LA CIUDAD DE LOS MURALES



Hermoso mural que evoca la Declaración de la Independencia. Este mural es parte de la introducción de la magnífica serie policial Cold Case.
Filadelfia es una de las ciudades más importantes de los Estados Unidos, pero algo que llamó mi atención fue la estética de la ciudad debido a la presencia de miles de murales, pero el fin no solo es estético pues el propósito fundamental es ofrecer cultura pues la temática fundamentalmente plasma acontecimientos históricos, y ensalzamiento a sus hijos más ilustres.

Sin duda alguna esta iniciativa (Muralart) llevada a cabo en Filadelfia desde hace 25 años es digna de imitar en nuestro país, la gran mayoría de los edificios de nuestras ciudades muestran caras laterales deplorables, los propietarios ni siquiera se toman la molestia de pintar sus moles y obviamente menos enlucirlas. Creo que los municipios son los llamados a tomar la iniciativa y emitir ordenanzas para que los edificios luzcan remozados y sobretodo transmitan cultura y belleza.   

ALGUNAS FRASES CÉLEBRES DEL MAESTRO BORGES



«Cada idioma es un modo de sentir al universo».
 En:  Borges Verbal p. 103

«Hay muchas personas que sienten escasamente la poesía. Generalmente, se dedican a enseñarla».
En: "La Poesía" - Siete Noches

«Seguiremos siendo inmortales; más allá de nuestra muerte corporal queda nuestra memoria, y más allá de nuestra memoria quedan nuestros actos, nuestros hechos, nuestras actitudes, toda esa maravillosa parte de la historia universal, aunque no lo sepamos y es mejor que no lo sepamos».
En: "La inmortalidad" - Borges oral


«Ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo silencioso y modesto, el arte de la crítica».
 En: "Junio, 1968" - Elogio de la sombra

«Siempre he sentido que mi destino era, ante todo, un destino literario; es decir; que me sucederían muchas cosas malas y algunas cosas buenas. Pero siempre supe que todo eso, a la larga, se convertiría en palabras».
En: "La Ceguera" - Siete Noches

«El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges».

En: "Nueva Refutación del Tiempo" - Otras inquisiciones

«Yo siempre me había imaginado el Paraíso bajo la especie de una biblioteca».
En: "La Ceguera" - Siete Noches

«En el presente intento ser lo más simple posible, siendo complejo pero de una manera secreta y modesta, de una manera no evidente.»
En: Conferencia en el Collège de France

«Siempre llegué a las cosas después de encontrarlas en los libros».
En: Autobiografía p. 32

«Mi destino es pensar que todas las cosas, todas las experiencias, me han sido dadas para que yo las convierta en poesía».
En: Borges at Eighty

«La lectura de un libro es una experiencia, como la experiencia, digamos, de mirar a una mujer, enamorarse o cruzar una calle. La lectura es una experiencia muy concreta y real».
En: "Time is the essential mystery" - Borges at eighty

«Hay algo que es mucho mejor que leer, y es releer, adentrarse más en un texto, enriqueciéndolo, porque uno ya lo ha leído. Yo le aconsejaría a la gente que lea poco, pero que relea mucho».
En: "But I prefer dreaming" - Borges at eighty p. 83

«Yo creo que no tiene sentido hablar de lecturas obligatorias. Es como hablar de amor obligatorio o felicidad obligatoria. Uno debe leer solamente por el placer del libro».

 En: "I always thought of paradise as a library" - Borges at Eighty p. 113

BORGES: CONOCIENDO AL MAESTRO A TRAVÉS DE SU AUTOBIOGRAFÍA

Esta Autobiografía fue publicada por la prestigiosa revista The New Yorker en septiembre del año 1970. Este es solamente el primer capítulo de la Autobiografía del maestro, próximamente prometo subir los capítulos ulteriores.  

I
Familia e Infancia

No puedo precisar si mis primeros recuerdos se remontan a la orilla oriental u occidental del turbio y lento Río de la Plata; si me vienen de Montevideo, donde pasábamos largas y ociosas vacaciones en la quinta de mi tío Francisco Haedo, o de Buenos Aires. Nací en 1899 en pleno centro de Buenos Aires, en la calle Tucumán entre Suipacha y Esmeralda, en una casa pequeña y modesta que pertenecía a mis abuelos maternos. Como la mayoría de las casas de la época, tenía azotea, zaguán, dos patios y un aljibe de donde sacábamos el agua. Debemos habernos mudado pronto al suburbio de Palermo, porque tengo recuerdos tempranos de otra casa con dos patios, un jardín con un alto molino de viento y un baldío del otro lado del jardín.

En esa época Palermo –el Palermo donde vivíamos, Serrano y Guatemala– era el sórdido arrabal norte de la ciudad, y mucha gente, para quien era una vergüenza reconocer que vivía allí, decía de modo ambiguo que vivía por el Norte. Nuestra casa era una de las pocas edificaciones de dos plantas que había en esa calle; el resto del barrio estaba formado por casas bajas y terrenos baldíos. Muchas veces me he referido a esa zona como “barriada”. En Palermo vivía gente de familia bien venida a menos y otra no tan recomendable. Había también un Palermo de compadritos, famosos por las peleas a cuchillo, pero ese Palermo tardaría en interesarme, puesto que hacíamos todo lo posible, y con éxito, para ignorarlo. No como nuestro vecino Evaristo Carriego, que fue el primer poeta argentino en explorar las posibilidades literarias que tenía allí al alcance de la mano. En cuanto a mí, no era consciente de la existencia de los compadritos, dado que apenas salía de casa.

Mi padre, Jorge Guillermo Borges, era abogado. Filósofo anarquista en la línea de Spencer, enseñaba psicología en la Escuela Normal de Lenguas Vivas, donde dictaba las clases en inglés utilizando como texto la versión abreviada del manual de psicología de William James. El inglés de mi padre se debía al hecho de que su madre, Frances Haslam, nació en Staffordshire y su familia procedía de la región de Northumbria. Una azarosa trama de circunstancias la trajo a América del Sur. La hermana mayor de Fanny Haslam se había casado con un ingeniero ítalo-judío llamado Jorge Suárez, quien introdujo los primeros tranvías tirados por caballos en la Argentina, donde se establecieron él y su mujer y desde donde mandaron a buscar a Fanny. Recuerdo una anécdota relacionada con esa aventura. Suárez era huésped del general Urquiza en su “palacio” de Entre Ríos y cometió la imprudencia de ganarle la primera partida de naipes al que era el implacable caudillo de la provincia y capaz de mandar a degollar a cualquiera. Al terminar la partida, otros huéspedes, alarmados, le explicaron a Suárez que si deseaba una autorización para que sus tranvías pudieran circular por la provincia, cada noche debía perder una cierta cantidad de monedas de oro. Urquiza era tan mal jugador que a Suárez le costó mucho esfuerzo perder las sumas convenidas.

Fue en la ciudad de Paraná donde Fanny Haslam conoció al coronel Francisco Borges. Ocurrió en 1870 o 1871, durante el sitio de la ciudad por los montoneros de Ricardo López Jordán. Borges, montado a caballo al frente de su regimiento, comandaba las tropas que defendían la ciudad. Fanny Haslam lo vio desde la azotea de su casa; y esa misma noche organizaron un baile para celebrar la llegada de las tropas gubernamentales de relevo. Fanny y el coronel se conocieron, bailaron, se enamoraron y con el tiempo se casaron.

Mi padre era el menor de dos hijos. Había nacido en Entre Ríos y solía explicarle a mi abuela, una respetable señora inglesa, que en realidad no era entrerriano, ya que –me decía– “Fui engendrado en la pampa”. Mi abuela, con reserva inglesa, respondía: “Estoy segura de que no entiendo lo que querés decir”. Por supuesto, lo que decía mi padre era cierto, dado que mi abuelo, a principios de la década de 1870, fue comandante en jefe de las fronteras del norte y el oeste de la provincia de Buenos Aires. De chico le oí contar a Fanny Haslam muchas historias sobre la vida de frontera de aquellos tiempos. Una de ellas aparece en mi cuento “Historia del guerrero y de la cautiva”. Mi abuela había hablado con varios caciques, cuyos nombres algo burdos, me parece, eran Simón Coliqueo, Catriel, Pincén y Namuncurá. En 1874 –durante una de nuestras guerras civiles– mi abuelo, el coronel Borges, encontró la muerte. Tenía entonces cuarenta y un años. En las complicadas circunstancias que rodearon su derrota en La Verde, envuelto en un poncho blanco, montó un caballo y seguido por diez o doce soldados avanzó despacio hacia las líneas enemigas, donde lo alcanzaron dos balas de Remington. Fue la primera vez que esa marca de rifle se usó en la Argentina, y me fascina pensar que la marca que me afeita todas las mañanas tiene el mismo nombre que la que mató a mi abuelo.

Fanny Haslam era una gran lectora. Cuando ya había pasado los ochenta la gente le decía, para ser amable con ella, que ya no había escritores como Dickens y Thackeray. Mi abuela contestaba: “Sin embargo yo prefiero a Arnold Bennett, Galsworthy y Wells”. Cuando se estaba muriendo, a la edad de noventa años, en 1935, nos llamó a su lado y en inglés (su español era fluido pero pobre), con aquella voz débil, nos dijo: “No soy más que una vieja muriéndose muy, muy despacio. Eso no tiene nada de notable ni de interesante”. No veía ninguna razón para que toda la casa se alterara, y se disculpó por tardar tanto en morir.

Mi padre era muy inteligente y como todos los hombres inteligentes muy bondadoso. Una vez me dijo que me fijara bien en los soldados, en los uniformes, en los cuarteles, en las banderas, en las iglesias, en los sacerdotes y en las carnicerías, ya que todo eso iba a desaparecer y algún día podría contarle a mis hijos que había visto esas cosas. Hasta ahora, desgraciadamente, no se ha cumplido la profecía. Mi padre era un hombre tan modesto que hubiera preferido ser invisible. Aunque se enorgullecía de su ascendencia inglesa, solía bromear sobre ella. Nos decía, con fingida perplejidad: “¿Qué son, al fin y al cabo, los ingleses? Son unos chacareros alemanes”. Sus ídolos eran Shelley, Keats y Swinburne. Como lector tenía dos intereses. En primer lugar, libros sobre metafísica y psicología (Berkeley, Hume, Royce y William James). En segundo lugar, literatura y libros sobre el Oriente (Lane, Burton y Payne). Él me reveló el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no sólo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y música. Cuando ahora recito un poema en inglés, mi madre me dice que lo hago con la voz de mi padre. También me dio, sin que yo fuera consciente, las primeras lecciones de filosofía. Cuando yo era todavía muy joven, con la ayuda de un tablero de ajedrez, me explicó las paradojas de Zenón: Aquiles y la tortuga, el vuelo inmóvil de la flecha, la imposibilidad del movimiento. Más tarde, sin mencionar el nombre de Berkeley, hizo todo lo posible por enseñarme los rudimentos del idealismo.

Mi madre, Leonor Acevedo de Borges, proviene de familias argentinas y uruguayas tradicionales, y a los noventa y cuatro años sigue tan fuerte como un roble, y tan católica. En épocas de mi infancia la religión era cosa de mujeres y de niños; los porteños en su mayoría eran librepensadores, aunque si se les preguntaba por lo general se declaraban católicos. Creo que heredé de mi madre la cualidad de pensar lo mejor de la gente, y su fuerte sentido de la amistad. Mi madre siempre ha tenido una actitud hospitalaria. Desde que aprendió el inglés a través de mi padre, casi todas sus lecturas han sido en esa lengua. Después de la muerte de mi padre, como era incapaz de fijar la atención en la página impresa, tradujo La comedia humana de William Saroyan para lograr concentrarse. La traducción encontró editor, y por ese trabajo recibió un homenaje de una sociedad armenia de Buenos Aires.

Más tarde tradujo algunos cuentos de Hawthorne y uno de los libros sobre arte de Herbert Read. Hizo también algunas de las traducciones de Melville, Virginia Woolf y Faulkner que se me atribuyen. Para mí siempre ha sido una compañera –sobre todo en los últimos tiempos, cuando me quedé ciego– y una amiga comprensiva y tolerante. Hasta hace muy poco, fue una verdadera secretaria: contestaba mis cartas, me leía, tomaba mi dictado, y también me acompañó en muchos viajes por el interior del país y el extranjero. Fue ella, aunque tardé en darme cuenta, quien silenciosa y eficazmente estimuló mi carrera literaria.

Su abuelo fue el coronel Isidoro Suárez, quien en 1824, a los veinticuatro años, comandó la famosa carga de caballería peruana y colombiana que decidió la batalla de Junín, en Perú. Ésa fue la penúltima batalla de la guerra sudamericana de Independencia. Aunque Suárez era primo segundo de Juan Manuel de Rosas, prefirió el destierro y la pobreza en Montevideo a vivir bajo una tiranía en Buenos Aires. Sus tierras fueron confiscadas y a uno de sus hermanos lo ejecutaron. Otro miembro de la familia de mi madre fue Francisco de Laprida, quien en 1816, en Tucumán, presidió el Congreso que declaró la independencia de la Confederación Argentina. Murió en 1829, en una guerra civil. El padre de mi madre, Isidoro Acevedo, aunque no era militar, participó en guerras civiles durante las décadas de 1860 y 1880. De modo que por ambos lados de la familia tengo antepasados militares; eso quizá explique mi nostalgia de ese destino épico que las divinidades me negaron, sin duda sabiamente.

Ya he dicho que pasé gran parte de mi infancia sin salir de mi casa. Al no tener amigos, mi hermana y yo inventamos dos compañeros imaginarios a los que llamamos, no sé por qué, Quilos y El Molino de Viento. Cuando finalmente nos aburrieron, le dijimos a nuestra madre que se habían muerto. Siempre fui miope y usé lentes, y era más bien débil. Como la mayoría de mis parientes habían sido soldados –hasta el hermano de mi padre fue oficial naval– y yo sabía que nunca lo sería, desde muy joven me avergonzó ser una persona destinada a los libros y no a la vida de acción. Durante toda mi juventud pensé que el hecho de ser amado por mi familia equivalía a una injusticia. No me sentía digno de ningún amor en especial, y recuerdo que mis cumpleaños me llenaban de vergüenza, porque todo el mundo me colmaba de regalos y yo pensaba que no había hecho nada para merecerlos, que era una especie de impostor. Alrededor de los treinta años logré superar esa sensación.

En casa hablábamos indistintamente en español o en inglés. Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. En realidad, creo no haber salido nunca de esa biblioteca. Es como si todavía la estuviera viendo. Ocupaba toda una habitación, con estantes encristalados, y debe haber contenido varios miles de volúmenes. Como era tan miope, me he olvidado de la mayoría de las caras de ese tiempo (quizá cuando pienso en mi abuelo Acevedo pienso en su fotografía), pero todavía recuerdo con nitidez los grabados en acero de la Chambers’s Encyclopaedia y de la Británica.

La primera novela que leí completa fue Huckleberry Finn. Después vinieron Roughing It y Flush Days in California. También leí los libros del capitán Marryat, Los primeros hombres en la luna de Wells, Poe, una edición de la obra de Longfellow en un solo tomo, La isla del tesoro, Dickens, Don Quijote, Tom Brown en la escuela, los cuentos de hadas de Grimm, Lewis Carroll, Las aventuras de Mr. Verdant Green (un libro ahora olvidado), Las mil y una noches de Burton. La obra de Burton –plagada de lo que entonces se consideraban obscenidades– me fue prohibida, y tuve que leerla a escondidas en la azotea. Pero en ese momento estaba tan emocionado por la magia del libro que no percibí en absoluto las partes censurables, y leí los cuentos sin tener conciencia de cualquier otro significado. Todos los libros que acabo de mencionar los leí en inglés. Cuando más tarde leí Don Quijote en versión original, me pareció una mala traducción. Todavía recuerdo aquellos volúmenes rojos con letras estampadas en oro de la edición de Garnier. En algún momento la biblioteca de mi padre se fragmentó, y cuando leí El Quijote en otra edición tuve la sensación de que no era el verdadero. Más tarde hice que un amigo me consiguiera la edición de Garnier, con los mismos grabados en acero, las mismas notas a pie de página y también las mismas erratas. Para mí todas esas cosas forman parte del libro; considero que ése es el verdadero Quijote.

En español leí muchos de los libros de Eduardo Gutiérrez sobre bandidos y forajidos argentinos –sobre todo Juan Moreira–, así como las Siluetas militares, que contiene un vigoroso relato de la muerte del coronel Borges. Mi madre me prohibió la lectura del Martín Fierro, ya que lo consideraba un libro sólo indicado para matones y colegiales, y que además no tenía nada que ver con los verdaderos gauchos. Ese libro también lo leí a escondidas. La opinión de mi madre se basaba en el hecho de que Hernández había apoyado a Rosas, y por lo tanto era un enemigo de nuestros antepasados unitarios. Leí también el Facundo de Sarmiento y muchos libros sobre mitología griega y escandinava. La poesía me llegó a través del inglés: Shelley, Keats, Fitzgerald y Swinburne, esos grandes favoritos de mi padre que él podía citar extensamente, y a menudo lo hacía.

Una tradición literaria recorría la familia de mi padre. Su tío abuelo Juan Crisóstomo Lafinur fue uno de los primeros poetas argentinos, y en 1820 escribió una oda a la muerte de su amigo el general Manuel Belgrano. Uno de sus primos, Álvaro Melián Lafinur, a quien yo conocía desde la infancia, era un destacado “poeta menor” y logró entrar en la Academia Argentina de Letras. El abuelo materno de mi padre, Edward Young Haslam, dirigió uno de los primeros periódicos ingleses en la Argentina, el “Southern Cross”, y se había doctorado en Filosofía o en Letras, no estoy seguro, en la Universidad de Heidelberg. Haslam no tenía medios para matricularse en Oxford o Cambridge, de modo que fue a Alemania, donde consiguió su título después de hacer todos los estudios en latín. Finalmente murió en Paraná.

Mi padre escribió una novela, que publicó en Mallorca en 1921, sobre la historia de Entre Ríos. Se llamaba El Caudillo. También escribió (y destruyó) un libro de ensayos, y publicó una traducción de la versión de FitzGerald del poema de Omar Khayyam en la misma métrica del original. Destruyó un libro de historias orientales –a la manera de Las Mil y Una Noches– y un drama, Hacia la nada, acerca de un hombre desilusionado por su hijo. Publicó además algunos buenos sonetos al estilo de Enrique Banchs.

Desde mi niñez, cuando le sobrevino la ceguera, se consideraba de manera tácita que yo cumpliría el destino literario que las circunstancias habían negado a mi padre. Era algo que se daba por descontado (y esas convicciones son más importantes que las cosas que meramente se dicen). Se esperaba que yo fuera escritor.


 
Empecé a escribir cuando tenía seis o siete años. Trataba de imitar a clásicos españoles como Cervantes. Había compuesto en un inglés muy malo una especie de manual de mitología griega, sin duda plagiado de Lemprière. Ésa puede haber sido mi primera incursión literaria. Mi primer cuento fue una historia bastante absurda a la manera de Cervantes, un relato anacrónico llamado “La visera fatal”. Estas cosas las escribía muy prolijamente en cuadernos escolares. Mi padre nunca interfirió. Quería que yo cometiera mis propios errores, y una vez dijo: “Los hijos educan a sus padres, y no al revés”. A los nueve años traduje “El príncipe feliz” de Oscar Wilde, que fue publicado en “El País”, uno de los diarios de Buenos Aires. Como la traducción estaba firmada simplemente “Jorge Borges”, la gente supuso que era obra de mi padre.

Recordar mis primeros años escolares no me produce ningún placer. Para empezar, no ingresé a la escuela hasta los nueve años, porque mi padre –como buen anarquista– desconfiaba de todas las empresas estatales. Como yo usaba lentes y llevaba cuello y corbata al estilo de Eton, padecía las burlas y bravuconadas de la mayoría de mis compañeros, que eran aprendices de matones. He olvidado el nombre de la escuela, pero sé que estaba en la calle Thames. Mi padre solía decir que en este país la historia argentina había reemplazado al catecismo, de modo que se esperaba adoración por todo lo que fuera argentino. Por ejemplo, se nos enseñaba historia argentina antes de permitirnos el conocimiento de los muchos países y los muchos siglos que intervinieron en su formación. En cuanto a la redacción en español, me enseñaron a escribir de manera florida: “Aquellos que lucharon por una patria libre, independiente, gloriosa...”. Más tarde, en Ginebra, me explicaron que esa forma de escribir carece de sentido y que debía ver las cosas por mis propios ojos. Mi hermana Norah, que nació en 1901, asistió naturalmente– a un colegio de niñas.

Durante todos aquellos años pasábamos los veranos en Adrogué, donde teníamos residencia propia: una casa grande de una planta, con parque, dos glorietas, un molino de viento y un lanudo ovejero marrón. En esa época Adrogué era un remoto y tranquilo laberinto de quintas con verjas de hierro y jarrones de mampostería, de plazas y calles que convergían y divergían bajo el omnipresente olor de los eucaliptos.

Mi primera experiencia verdadera de la pampa se produjo allá por 1909, durante un viaje a la estancia de unos parientes que vivían en las proximidades de San Nicolás, al noroeste de Buenos Aires. Recuerdo que la casa más cercana era una especie de mancha en el horizonte. Descubrí que esa distancia desmesurada se llamaba “la pampa”; y cuando me enteré de que los peones eran gauchos, como los personajes de Eduardo Gutiérrez, adquirieron para mí cierto encanto. Siempre llegué a las cosas después de encontrarlas en los libros. Una mañana temprano me dejaron que los acompañara a caballo mientras llevaban el ganado al río. Los hombres eran pequeños y morochos, y usaban bombachas. Cuando les pregunté si sabían nadar, me contestaron: “El agua es para el ganado”. Mi madre le regaló a la hija del capataz una muñeca, en una caja grande de cartón. Al año siguiente volvimos y preguntamos por la niña. “¡Qué alegría le ha dado la muñeca!”, nos dijeron. Y nos la mostraron, todavía en la caja, clavada en la pared como una imagen. A la niña, por supuesto, sólo le permitían mirarla sin tocarla, porque la podía manchar o romper. Allí estaba, a salvo, venerada desde lejos. Lugones ha escrito que en Córdoba, antes de que llegaran las revistas, vio muchas veces un naipe clavado como un cuadro en la pared de los ranchos. El cuatro de copas, con el pequeño león y las dos torres, era especialmente codiciado. Influido por Ascasubi, antes de viajar a Ginebra empecé a escribir un poema sobre los gauchos. Recuerdo que intenté utilizar la mayor cantidad posible de palabras gauchescas, pero las dificultades técnicas me superaron y nunca pasé de las primeras estrofas.

miércoles, 19 de enero de 2011

POLÉMICAS VARGASLLOSIANAS 2

Érase una vez en los ochenta...

GÜNTER GRASS LLAMA MENTIROSO A MARIO VARGAS LLOSA DESDE LA TRIBUNA DEL CONGRESO DEL PEN CLUB


Las declaraciones del escritor peruano a ABC protagonizaron la sesión de clausura


El eco de las declaraciones de Mario Vargas Llosa publicadas ayer en ABC ha sido inmediato en Alemania. La prueba más evidente es que el mismo Günter Grass aprovechó su intervención final en el Congreso Internacional del Pen Club, que se ha venido celebrando hasta ayer en Hamburgo, para responder a las palabras del escritor peruano recogidas en este periódico. Grass no ha dudado en llamar mentiroso a Vargas Llosa y de calificar de “simplificación atroz” la división que éste hace de los intelectuales de los países del Este en “sumisos y disidentes”. La vieja polémica entre ambos escritores ha cobrado así nueva actualidad.


            El XLIX Congreso Internacional del Pen Club ha concluido de modo imprevisto. Las declaraciones de Vargas Llosa a ABC han motivado que la sesión de clausura tomara un rumbo insospechado. Incluso el presidente del Pen Club, el británico Francis King, se vio obligado a intervenir para lamentar la “escalada” de la disputa entre los dos escritores.

            Vargas Llosa, en respuesta a unas declaraciones efectuadas por Günter Grass a una agencia de noticias, en lasque tras poner en duda la actitud democrática del escritor peruano, le acusaba de haber ofendido a García Márquez al calificarlo como “cortesana” de Fidel Castro, habría declarado a este periódico que Grass no defiende para Iberoamérica las libertades que propugna en Alemania. “Él es un gran defensor de la democracia en su país-decía Vargas Llosa-, pero cuando se trata de Iberoamérica, su apoyo se dirige hacia los países totalitarios. Esta doble moral lo que guarda en el fondo es una discriminación y un prejuicio que yo calificaría como el racismo del siglo XX. No tengo nada en contra de su obra literaria; lo que deploro es que no admita que la libertad sea la misma para Alemania que para Iberoamérica”.



LAS POLÉMICAS VARGASLLOSIANAS 1

Para los pesimistas y convalecientes de miopía voluntaria que niegan y se rasgan las vestiduras lanzando diatribas contra el inquebrantable credo democrático y libertario de Mario Vargas Llosa, en el presente artículo presento un hecho que marcó la pauta política de la década del 70 y que tiene a nuestro laureado escritor blandiendo el gonfalón de la libertad y de la lucha antirrepresiva.  

El caso Padilla

Heberto Padilla y su esposa Belkis Cuza Malé

Heberto Pa­dilla abogado, poeta y periodista cubano en el año 1971 durante un re­cital de poesía llevado a cabo en los salones de la Unión de Escritores, dio lectura a su libro titulado Provocaciones, lo cual produjo protestas de los intelctuales adheridos al régimen castrista y su posterior detención por considerársele contrarrevolucionario. Es así que el 20 de marzo de 1971, conjuntamente con su esposa, la poetisa y escritora Bel­kis Cuza Malé. Ambos fueron acusados por el Departamento de Seguridad del Estado de “actividades subversivas” contra el gobierno revolucionario de Cuba. Merced a la reacción inter­nacional que provocó el encarcelamiento, sobre todo en los grupos de intelectuales de todo el mundo, entre los cuales se contaban Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Alberto Moravia, Susan Sontag, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Hans Magnus Enzensber­ger, Juan Goytisolo, etc…Padilla y su esposa fueron liberados.

Después de su liberación, Pa­dilla fue separado de la Universidad de la Ha­bana y de la Unión de Escritores y enviado como traductor a la Editorial Arte y literatura. Con motivo del discurso de Fidel Castro anun­ciando su disposición de dejar en libertad a los presos y ex-presos políticos, Padilla se dirigió oficialmente al Jefe del Gobierno de Cuba solicitando su autorización para salir del país, pero le fue negada. Entre las numerosas gestiones de dignatarios y personalidades internacionales para lograr su salida, se destacó la del editor de la revista The New York Review of Books, Robert B. Silvers, la del presidente del PEN American Center, el novelista Bernard Malamud, así como la del político e historiador Arthur Schlesinger, Jr., quienes solicitaron la colaboración del senador Edward Kennedy. El 13 de marzo de 1980, Kennedy fue informado por el gobierno de Cuba que Padilla podría salir del país hacia Estados Unidos el día 16 de marzo, vía Montreal.

A su llegada a Nueva York, Heberto Padilla fue invitado por The Institute for Humanities y por el Woodrow Wilson International Center for Scholars, de Washington. Finalmente fallece el 24 de septiembre del año 2000 de un ataque al corazón a los 68 años, en Alabama.

Al respecto, la revista Caretas a través  del periodista César Hildebrandt entrevista a Vargas Llosa, la misma que a continuación presento:

A VARGAS LLOSA 
Caretas, junio de 1971         
Entrevista: César Hildebrandt

Nunca se sabrá si Heberto Padilla imaginó, cuando suscribió la autoconfesión con que el régimen cubano creyó castrarlo ante los ojos del mundo, que iba a desatar la más apasionada polémica intelectual de los últimos años.

La cronología de los acontecimientos se inició con el apresamiento de Padilla –uno de los más brillantes representantes de la generación “intermedia” de la que es voz ortodoxa la de Roberto Fernández Retamar- acusado, junto con su mujer –Belkys Cuza Malé- de actividades contrarrevolucionarias. Tres semanas después, Padilla se autolapidaba en una carta devastadora  que habría enorgullecido al propio Zhadanov, comisario cultural del oscurantismo estalinista. Casi simultáneamente, Castro trataba de “impúdicos” a los “intelectuales liberaloides que calumnian desde Europa la revolución Cubana” y anunciaba una nueva –y penosa- política cultural. La respuesta de la intelectualidad, de la que fue pionero Vargas Llosa, fue dura también pero en todo caso menos pasional e iracunda. Asociar a la CIA el nombre de Sartre, firmante del manifiesto de protesta por el caso Padilla, es algo que ni los neoestalinistas subdesarrollados criollos, han podido hacer.

La réplica castrista al escritor peruano llegó vía Haydée Santamaría. La directora de la revista “Casa de las Américas” acusó a Vargas Llosa de sumar su nombre a la lista de los “peores calumniadores de la revolución” y lo acusó de haberse negado a entregar el monto del premio “Rómulo Gallegos” como fondo de la guerrilla del Che, y prefirió comprarse una casa.

En esta exclusiva entrevista telefónica con  CARETAS, Mario Vargas Llosa, cuya limpieza y responsabilidad como intelectual será arduo cuestionar, habla desde Barcelona sobre el espinoso affaire.

CARETAS- ¿Buenas tardes Vargas Llosa, CARETAS aquí,…¿Aló?

VARGAS LLOSA- Buenas noches, qué tal.

CARETAS- Aquí  listos para escuchar sus repuestas, estamos grabando.

VARGAS LLOSA-  Correcto, ¿Me está oyendo?

CARETAS- Perfecto…Bueno….¿No cree usted que su actitud, que nos parece intelectualmente justa, ha mellado de alguna manera la imagen de la Revolución Cubana?

VARGAS LLOSA-  Creo que su pregunta confunde el efecto con la causa. Lo que ha mellado de alguna manera la imagen de la Revolución Cubana son las autocríticas de los compañeros Heberto Padilla, Pablo Armando Fernández, Belkys Cuza Male, César López y Manuel Díaz Martínez, acusándose de traiciones  imaginarias y las alarmantes  declaraciones de Fidel sobre la cultura en general y la literatura en particular en su discurso de clausura del Congreso de educación. Yo no he hecho más que protestar por estos sucesos que contradicen lo que siempre he admirado en la Revolución Cubana: haber mostrado que la justicia social era posible sin despreciar la dignidad de los individuos, sin dictadura policial o estética. Pienso que lo ocurrido en estas últimas semanas mella esta imagen ejemplar de Cuba y que ha levantado trascendentales protestas en el mundo. Hablo únicamente, claro está, de las protestas de la izquierda, como la carta enviada a Fidel por 61 escritores y artistas –Sartre, entre ellos, José Revueltas, a quienes nadie se atreverá a llamar reaccionarios, que habían hecho suya desde el primer momento la causa de la Revolución Cubana. Dicho esto,  permítame agregar algo más: en otras ocasiones, Cuba y el propio Fidel han sabido rectificar los errores cometidos, que son inevitables en toda revolución. Créame que nada me alegraría  tanto como que este lamentable episodio fuera sólo pasajero y no el estreno de una política cultural dogmática y represiva.

CARETAS-  ¿Cuál es su réplica a la carta de Haydée Santamaría y a los cargos que ella plantea?

VARGAS LLOSA-  La carta de Haydée Santamaría no plantea cargo alguno, solamente invectivas e invenciones. La experiencia me ha demostrado que polemizar a ese nivel es inútil y empobrecedor, de modo que no voy a refutar su carta. Haydée es una heroína de la Revolución Cubana, que demostró un coraje formidable durante la lucha contra Batista, y por ello merece mi mayor  simpatía y respeto. Pero sólo por ello… ¿Me oyó bien?

CARETAS-  Perfectamente…Periódicos de derecha  han destacado insólitamente el entredicho suyo con Fidel Castro. ¿Qué opina al respecto?

VARGAS LLOSA-  Era previsible que la derecha tratara de sacar partido de los acontecimientos cubanos. Es una de las razones por la que el episodio de las autocríticas y el discurso de Fidel me parecen lamentables: por la extraordinaria oportunidad que brindan a la derecha y al imperialismo de atacar la solución socialista par los problemas de América Latina. En lo que a mí se refiere, el 29 de mayo entregué a la prensa la siguiente declaración: “Cierta prensa está usando mi renuncia al comité de la revista Casa de las Américas para atacar a la Revolución Cubana desde una perspectiva imperialista y reaccionaria. Quiero salir al frente de esa sucia maniobra y desautorizar enérgicamente el uso de mi nombre en esa campaña contra el socialismo cubano y la revolución latinoamericana. Mi renuncia es un acto de protesta contra un hecho específico que sigo considerando lamentable, pero no es ni puede ser un acto hostil contra la Revolución Cubana, cuyas realizaciones formidables para el pueblo de Cuba son llevadas  cabo en condiciones verdaderamente heroicas, que he podido verificar personalmente en repetidos viajes a la isla. El derecho a la crítica y a la discrepancia no es un privilegio burgués. Al contrario, sólo el socialismo puede asentar las bases de una verdadera  justicia social, dar a expresiones como “libertad de opinión”, “libertad de creación”, su verdadero sentido. Es en uso de ese derecho socialista y revolucionario que he discrepado del discurso de Fidel sobre el problema cultural, que he criticado lo ocurrido con Heberto Padilla y otros escritores. Lo hice cuando los acontecimientos de Checoslovaquia y lo seguiré haciendo cada vez que lo crea legítimo, porque esa es mi obligación como escritor. Pero que nadie se engañe: con todos sus errores, la Revolución Cubana es, hoy mismo, una sociedad más justa que cualquier otra sociedad latinoamericana y defenderla contra sus enemigos es para mí un deber más apremiante que honroso”  ¿Se escuchó, no?

CARETAS-  Claramente……Gabriel García Márquez ha declarado hace algunos días que está con Fidel y ha evitado pronunciarse sobre el caso Padilla. ¿Qué opina de esa actitud?

VARGAS LLOSA-  No conozco las declaraciones completas de García Márquez y por lo tanto no voy a comentar una síntesis tan apretada. Pero lo conozco a él lo suficiente como para estar seguro que su adhesión al socialismo es, como la mía propia, la de un escritor responsable con su vocación y sus lectores, una adhesión no beata ni incondicional…

CARETAS-  La última pregunta… ¿Está de alguna manera arrepentido?

VARGAS LLOSA-  Arrepentido, no, en absoluto, aunque sé que todavía habrá invectivas para rato. Es el precio que hay que pagar cuando uno dice claramente lo que piensa. Estoy, sí, apenado por lo que ha sucedido en Cuba, donde he estado cinco veces, donde hay muchísima gente que quiero de verdad. He actuado como lo he hecho porque creí mi deber hacerlo así. Hace exactamente tres meses estuve charlando largamente en La Habana con tres de los poetas que se han autocriticado y sé perfectamente qué pensaban de la revolución y por eso me es difícil creer que de un momento a otro se tornaron contrarrevolucionarios y se volvieron capaces de acusarse –y acusar a sus mejores amigos- de faltas innobles e imposibles. El socialismo no necesita  humillar a nadie, sea obrero, campesino, o escritor, para lograr su objetivo, que es, precisamente, establecer una relación verdaderamente justa entre los hombres….Eso es todo, ¿se oyó bien?

CARETAS-  Sí, perfectamente, y muchas gracias.

martes, 18 de enero de 2011

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS ALTAMIRANO: 100 AÑOS









“Mi niñez pasó quemada entre el fuego y el amor”.
José María Arguedas

José María  Arguedas Altamirano, nació el 18 de enero de 1911 en la ciudad de Andahuaylas, provincia de Andahuaylas, departamento de Apurímac. Fue hijo de Víctor Manuel Arguedas Arellano, un abogado cuzqueño que ejercía de Juez en diversos pueblos, y de Victoria Altamirano Navarro, perteneciente a una acaudalada familia de Andahuaylas. Cuando tenía dos años y medio de edad, falleció su madre, víctima de cólicos hepáticos; pasó entonces a vivir a la casa de su abuela paterna, Teresa Arellano, en la ciudad de Andahuaylas.


En 1915, su padre, al ser nombrado Juez de primera instancia de la provincia de Lucanas (departamento de Ayacucho), se trasladó a dicha sede, donde poco después se casó con una rica hacendada de San Juan de Lucanas, Grimanesa Arangoitia Iturbi viuda de Pacheco (1917). El pequeño José María viajó entonces a Lucanas, para reunirse con su madrastra; el viaje fue todo un acontecimiento para él, como lo recordó siempre. La familia se instaló en Puquio, la capital de la provincia. En 1919, tras la ascensión al poder de Augusto B. Leguía, el padre, que era del partido contrario, fue removido de su cargo de Juez y tuvo que tornar a su oficio de abogado litigante y viajero, trajinar que solo le permitía hacer visitas esporádicas a su familia.

Esta parte de la infancia de Arguedas estuvo marcada por la difícil relación que sostuvo con su madrastra y con su hermanastro Pablo Pacheco. Aquella sentía por su hijastro un evidente desprecio, y en una ocasión lo mandó a convivir con los criados indígenas de la hacienda. Por su parte el hermanastro lo maltrataba física y psicológicamente e incluso en una ocasión le obligó a presenciar la violación de su tía. La figura de este hermanastro habría de perdurar en su obra literaria personificando al gamonal abusivo, cruel y lujurioso. Solo entre los indios sintió el afecto que le negó su familia, identificándose con la idiosincrasia de aquellos, basada en el amor a la naturaleza. A continuación expongo dos citas del mismo Arguedas:

Los indos y especialmente las indias vieron en mí exactamente como si fuera uno de ellos, con la diferencia de que por ser blanco acaso necesitaba más consuelo que ellos… y me lo dieron a manos llenas. Pero algo de triste y de poderoso al mismo tiempo debe tener el consuelo que los que sufren dan a los que sufren más, y quedaron en mi naturaleza dos cosas muy sólidamente desde que aprendí a hablar: la ternura y el amor sin límites de los indios, el amor que se tienen entre ellos mismos y que le tienen a la naturaleza, a las montañas, a los ríos, a las aves (…)

Fueron para mí, ellos, el hogar.

En julio de 1921 se escapó de la casa de la madrastra junto con su hermano mayor Arístides; ambos fueron a la hacienda Viseca, propiedad de su tío Manuel Perea Arellano, situada a 8 km de San Juan de Lucanas. Allí vivieron durante dos años, en ausencia del padre, conviviendo con los campesinos indios a quienes ayudaban en las faenas agrícolas. Para José María fueron los años más felices de su vida.

En 1923 abandonó su retiro al ser recogido por su padre, a quien acompañó en sus frecuentes viajes laborales, conociendo más de 200 pueblos. Pasaron por Huamanga, Cuzco y Abancay. En ésta última ciudad ingresó, junto con su hermano Arístides, como interno en el Colegio Miguel Grau de los Padres Mercedarios, mientras su padre continuaba su vida itinerante. Dichas peripecias a través del sur del Perú y su internado en el colegio abanquino serían evocadas después en su novela Los ríos profundos, su obra maestra.

En 1925 sufrió un accidente que lo llevó a perder dos dedos de la mano derecha. En 1926 empezó sus estudios secundarios en un colegio de Ica, en la desértica costa peruana, hecho que marcó su alejamiento del ambiente serrano que había moldeado hasta entonces su infancia. Allí sufrió en carne propia el desprecio de los costeños hacia los serranos. En 1928 se trasladó a la ciudad de Huancayo, continuando allí sus estudios e iniciándose como escritor al colaborar en la revista estudiantil Antorcha. En 1930 pasó una larga temporada en Yauyos, al lado de su padre. De los cursos correspondientes a sus dos últimos años estudiantiles (1929-1930), rindió exámenes en el Colegio Nuestra Señora de La Merced, de Lima, a base de los estudios que hizo sin maestro alguno en la sierra.

En 1931, ya con 20 años de edad, se estableció en Lima e ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. A raíz del fallecimiento de su padre, ocurrido al año siguiente, se vio forzado a ganarse la vida y entró a trabajar como auxiliar en la Administración de Correos.

En 1933 publicó su primer cuento: Warma kuyay. En 1935 publicó Agua, su primer libro de cuentos, que obtuvo el segundo premio de la Revista Americana de Buenos Aires. En 1936 fundó con Augusto Tamayo Vargas, Alberto Tauro del Pino y otros, la revista Palabra, en cuyas páginas se ve reflejada la ideología propugnada por José Carlos Mariátegui. En 1937 fue apresado por participar en las protestas estudiantiles contra la visita del general italiano Camarotta, jefe de una misión policial de la Italia fascista. Fue trasladado al penal “El Sexto” de Lima, donde permaneció ocho meses en prisión, episodio que tiempo después evocó en la novela del mismo nombre.

Poco después, lograda ya su Licenciatura de Literatura en San Marcos, inició su carrera docente en el Colegio Nacional Mateo Pumacahua de Sicuani, en el departamento de Cuzco, como profesor de Castellano y Geografía (1939-1941). Allí, junto con sus alumnos, llevó a cabo un trabajo de recopilación del folclor local. Descubrió entonces su vocación de etnólogo. Paralelamente contrajo matrimonio con Celia Bustamante Vernal, promotora de la Peña Cultural Pancho Fierro (1939), un legendario centro de reunión de artistas y intelectuales.

En 1941 publicó Yawar Fiesta, su primera novela. Entre octubre de 1941 y noviembre de 1942, fue agregado al Ministerio de Educación para colaborar en la reforma de los planes de estudios secundarios. Tras representar al profesorado peruano en el Congreso Indigenista Interamericano de Pátzcuaro (1942), reasumió su labor de profesor de castellano en los colegios nacionales Alfonso Ugarte, Nuestra Señora de Guadalupe y Mariano Melgar de Lima.

En 1944 presentó un episodio depresivo caracterizado por decaimiento, fatiga, insomnio, ansiedad y probablemente crisis de angustia, por lo cual pidió licencia repetidas veces en su centro de labor docente. Este episodio lo describió en sus cartas a su hermano Arístides y brevemente en sus diarios insertados en su novela póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo. Durante cinco años estuvo, según confesó, neutralizado para escribir. Se recuperó, pero eventualmente tendría otras recaídas posteriores.

En 1948, se le redujeron las horas de clases y el sueldo de profesor que recibía en el Ministerio de Educación, bajo la acusación de hacer propaganda comunista. Finalmente fue cesado (1949). Eran los días de la dictadura de Manuel A. Odría. Sin embargo, continuó ejerciendo diversos cargos en instituciones oficiales encargadas de conservar y promover la cultura.

En marzo de 1947 fue nombrado Conservador General de Folklore del Ministerio de Educación, para luego ser promovido a Jefe de la Sección Folklore, Bellas Artes y Despacho del mismo Ministerio (1950-1952). Llevó a cabo importantes iniciativas orientadas a estudiar la cultura popular en todo el país. Por su gestión directa, Jacinto Palacios, el gran trovador andino, grabó el primer disco de música andina en 1948. Los teatros Municipal y Segura abrieron sus puertas al arte andino.

Entre 1950 y 1953 dictó cursos de Etnología y Quechua en el Instituto Pedagógico Nacional de Varones. En 1953 fue nombrado Director del Instituto de Estudios Etnológicos del hoy Museo Nacional de la Cultura Peruana, cargo en el que permaneció durante diez años; simultáneamente dirigió la revista Folklore Americano (órgano del Comité Interamericano de Folklore, del que era secretario).

El cuento La muerte de los hermanos Arango, que publicó en 1953, obtuvo el primer premio del Concurso Latinoamericano de Cuento en México. En 1954 publicó la novela corta Diamantes y pedernales.

A fin de complementar su formación profesional, se especializó en la Universidad de San Marcos en Etnología, de la que optó el grado de Bachiller el (20 de diciembre de 1957) con su tesis La evolución de las comunidades indígenas, trabajo que obtuvo el Premio Nacional Fomento a la Cultura Javier Prado 1958. Por entonces realizó su primer viaje por Europa, becado por la UNESCO, para efectuar estudios diversos, tanto en España como en Francia. Durante el tiempo que permaneció en España, Arguedas hizo investigaciones entre las comunidades de la provincia de Zamora, buscando las raíces hispanas de la cultura andina, que le dieron material para su tesis doctoral: Las Comunidades de España y del Perú, con la que se graduó el 5 de julio de 1963.

En 1958 publicó Los ríos profundos, novela autobiográfica, por la cual recibió en 1959 el Premio Nacional de Fomento a la Cultura Ricardo Palma. Esta novela ha sido considerada como su obra maestra. Por entonces empezó a ejercer como catedrático de Etnología en la Universidad de San Marcos (de 1958 a 1968). De la misma disciplina fue también profesor en la Universidad Nacional Agraria La Molina (de 1962 a 1969).

En 1961 publicó su novela El Sexto, por la cual se le concedió, por segunda vez, el Premio Nacional de Fomento a la Cultura Ricardo Palma (1962). Dicha obra es un relato novelado de su experiencia carcelaria en el famoso penal situado en el centro de Lima, clausurado en 1986.

En 1962 editó su cuento La agonía de Rasu Ñiti. Viajó en ese mismo año a Berlín Occidental (Alemania), donde se llevó a cabo el primer coloquio de escritores iberoamericanos, organizado por la revista Humboldt.

En 1963 fue nombrado Director de la Casa de la Cultura del Perú, donde llevó a cabo una importante labor profesional; sin embargo, renunció al año siguiente, como gesto de solidaridad para con el presidente de la Comisión Nacional de Cultura.

En 1964 publicó su obra más ambiciosa: Todas las sangres, novela de gran consistencia narrativa, en la que el escritor quiso mostrar toda la variedad de tipos humanos que conforman el Perú y a la vez los conflictos determinados por los cambios que origina en las poblaciones andinas el progreso contemporáneo. En ese mismo año se le reconoció su labor de docente otorgándosele las Palmas Magisteriales en grado de Comendador y una Resolución Suprema firmada por el presidente Fernando Belaúnde Terry dándole las “gracias por los servicios prestados a favor de la cultura nacional”. Fue nombrado también Director del Museo Nacional de Historia, cargo que ejerció hasta 1966.

En 1965, luego de divorciarse de su primera esposa, se casó con la dama chilena Sybila Arredondo, quien lo acompañó hasta el final de su vida. Años después Sybila estuvo presa en el Perú acusada de tener vínculos con el grupo terrorista Sendero Luminoso y tras ser liberada volvió a su país en el 2002.

A pesar de todos sus logros personales y profesionales, en abril de 1966 Arguedas cometió su primer intento de suicidio. El escritor venía sufriendo períodos de grave crisis psicológica desde hacía muchos años. A partir de entonces, su vida ya no volvió a ser la misma. Se aisló de sus amigos y renunció a todos los cargos públicos que ejercía en el Ministerio de Educación, con el propósito de dedicarse solamente a sus cátedras en la Universidad Agraria y en la de San Marcos. Para tratar su mal se puso en contacto con la psiquiatra chilena Lola Hoffmann, quien le recomendó, a manera de tratamiento, que continuara escribiendo. De este modo publicó otro libro de cuentos: Amor mundo y todos los cuentos (1967) y, más adelante, su obra póstuma: El zorro de arriba y el zorro de abajo, cuya edición quedo al cuidado de Sybila y el poeta Emilio Adolfo Westphalen

En 1968 terminó su magisterio en la Universidad de San Marcos, y, casi simultáneamente, fue elegido jefe del departamento de Sociología de la Universidad Nacional Agraria La Molina, a la cual se consagró a tiempo completo. Ese mismo año le fue otorgado el premio “Inca Garcilaso de la Vega”, por haber sido considerada su obra como una contribución al arte y a las letras del Perú. En esa ocasión pronunció su famoso discurso: No soy un aculturado.

Sin embargo, por esta época sus angustias existenciales se agudizaron y surgió nuevamente la idea del suicidio tal como lo atestigua su “Primer diario”, el cual insertó en su novela póstuma. Finalmente renunció a su cargo en la Universidad Agraria y el 28 de noviembre de 1969 se encerró en el baño de la universidad y se disparó un tiro en la cabeza, a causa del cual murió, después de pasar cinco días de penosa agonía (2 de diciembre de 1969).

El día de su entierro, tal como el escritor había pedido en su diario, el músico andino Máximo Damián tocó el violín ante su féretro, acompañado por el arpista Luciano Chiara y los danzantes de tijera Gerardo y Zacarías Chiara, y luego pronunció un breve discurso, en palabras que transmitieron el sentimiento del pueblo indígena, que lamentó profundamente su partida.

FOTOS DEL RECUERDO-1984



En la ciudad de Ayacucho, el 27 de noviembre de 1984, el escritor y miembro de la Comisión investigadora para el caso Uchuraccay, Mario Vargas Llosa rinde su manifestación ante el Tribunal correccional de Ayacucho en el juicio contra campesinos de la comunidad de Uchuraccay por el asesinato de 8 periodistas y dos comuneros.

El 2 de noviembre de 1983, el presidente Belaunde nombró la Comisión Investigadora de los Sucesos de Uchuraccay que estuvo presidida por el escritor Mario Vargas Llosa. Esta comisión presentó su informe un mes después, señalando como responsables a los campesinos de Uchuraccay.